lunes, 15 de mayo de 2017










Habían escapado del diluvio  que sacudía  el barrio de Constitución bajo ráfagas de agua viento  y truenos que hicieron temblar los cimientos y los pisos de madera  del hotel Saturno. Extravía sacudió las almohadas y las partículas de polvo suspendidas se hicieron visibles en el haz de luz de  de  la lámpara. El espectáculo de pequeños fragmentos de polvo flotantes le dieron un pretexto a homless  para jugar a inventar ciudades o mundos suspendidos a los que le puso nombres como "terranova" o "locus-amoenus 1 y 2". Cuando Extravía terminó con la faena de sacudir todo a su paso,   se quitó el pulóver empapado, los pantalones de mezclilla gastados y quedó en bombacha y una camisa blanca con bordados de flores que dejaba traslucir sus pechos húmedos. Homeless la contempló unos momentos y murmuró, señalando un punto dentro de la franja de  luz  el nombre de un planeta al que llamó Astarté III. Luego  comenzó a detallar su curiosa bio-diversidad de plantas, hongos y animales entregados a los placeres sexuales más extraños, pero lo interrumpió el estrépito de una rama que se sacudía contra la ventana de la habitación que se partió y cayó los cuatro pisos hasta golpear el techo de un Renault estacionado. Con la caída cortó los cables de electricidad del hotel y todo quedó a oscuras. Homeless buscó a tientas  el teléfono y llamó a la recepción pidiendo unas velas, Extravía se tendió en la cama y mirando el ventanal se puso a contar los segundos entre rayos y truenos para calcular la altura de la tormenta. Pasaron unos veinte minutos y alguien tocó  a la puerta. Se trataba de la dueña de Saturno que con dos velas en la mano y sin decir una  sola palabra miró desconfiada y sentenciosa a Extravía que iniciaba un conteo tras el refusilo de cada rayo.
Le extendió las velas a Homeless y dijo que seguramente la luz volvería en un par de horas, que la cuadrilla ya estaba en camino aunque con esos de la compañía de luz nunca se sabe. Luego se marchó advirtiéndole que las velas no podían prenderse cerca de los colchones o las cortinas. Él las recibió, agradeció a la mujer y fue en busca de unos platos para asegurarlas con la cera derretida de sus bases. Puso una  en el comedor, otra en la mesa de luz de su lado de la  cama y se tendió boca arriba al lado de Extravía que había dejado de contar rayos. En un momento ambos se convirtieron en dos enormes sombras que parpadeaban contra la pared al compás del movimiento de las flamas, eran como dos sombras chinescas entrelazadas.
Homless penetró a extravía con la velocidad de un acto mecánico, al tiempo que pasaba su boca y besaba sus tetas disfrutando de verlas transparentadas entre los pliegues de la camisa. Las apretaba y chupaba  tan lentamente que extravía  se admiraba de su  capacidad para dividir el cuerpo en distintos tiempos, como las agujas de un reloj. Homless descargó entre espasmos su carga de semen y gemidos en el vientre de extravía trasladó la relación aritmética de la tormenta a la del orgasmo de su compañero, como si fuesen los compases de rayos y truenos del diluvio. Pensó en la  eyaculación y los gemidos cada vez mas distantes y apagados de Homeless como los de una tormenta que se apagaba. Él a su vez se lamentó en silencio, tendido sobre los pechos mojados de Extravía, que el apagón en Saturo había extinguido,  como si de un agujero negro se tratase, todo rastro de planetas y extrañas formas de vida copulativas, capaces de darle vida y movimiento a los universos mas insignificantes.

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