viernes, 13 de noviembre de 2015




Piojera


Llegó a la puerta de la piojera. De inmediato un vaho húmedo y tibio le abrazó la cara. Las manos se le hundieron en la gabardina de lana tanteando las pocas monedas que sobrevivían del jornal y que hicieron un sonido de cadenas. Se sentó en una pequeña mesa de madera; justo detrás de un pilar del que colgaban las fotos de unos ilustres desconocidos visitantes de la picada que le sirvió para reclinar la silla y esperar. En este lugar, intuyó, el tiempo tiene la sustancia de los sueños. Uno cree que está desde hace siglos tomando chicha y saludando al primer borracho que se le acerca, pero al mirar el reloj clavado en la pared apenas si han pasado algunos minutos. Incluso ese descuido, puede llevarlo a uno a descubrir entre las volutas de un borrachera que la noche huyó con los primeros rayos del sol acurrucados entre las celosías de madera de los enormes ventanales.
Esa noche mataría al Dr Jano.
En la espera de su primer vaso de chicha y de su víctima, siguió en su soliloquio sobre el transcurrir del tiempo en la Piojera y en tanto que una mano jugaba rabiosamente con las monedas amontonadas en su bolsillo, con la otra, sobaba el mango de caoba del cuchillo corvo ubicado en el fondo del otro bolsillo. El doctor Jano llegaría en cualquier momento abrazado a Patricia Ordoñez, la puta del café con piernas de la calle Agustinas. Al pensar en ella con la mano en el bolsillo donde dormitaba el corvo, acarició el gélido territorio de la hoja de acero afilada hasta más no poder. Lo acarició como si se tratara del cuerpo de Patricia, lo sobó con esa ansia del jugador compulsivo que sabe que a un movimiento en falso la sangre no tardaría en asomar por la herida.
Observó todo su entorno, la escena en la Piojera se dilataba ansiosa, le pareció el mecanismo perfecto de un gran y misterioso reloj: la chicha que no llegaba, ¡Tic!, los alaridos de los borrachos. ¡Tac!,  el cigarro entre los blancos dedos de la moza, una refugiada polaca que apenas balbuceaba el español, ¡Tic! la mirada perdida de unos mapuche citadinos que engullían los tragos de aguardiente como palas mecánicas,¡Tac! y la espera de Jano y Patricia. ¡Tic, Tac, Tic, Tac! Todo eso era el gran reloj que mentalmente llamó el “reloj piojera”.
Cuando la polaca le trajo la chicha, sacó con el puño el montón de monedas ahora  entibiadas y sudorosas y se las dio, ella sin siquiera contarlas, las metió en el bolsillo delantero del delantal a cuadros.
“¡Puta de mierda, seguro que se la está chupando por ahí, pero cuando le corte la garganta a su doctorcito ahí se le van a quitar las ganas”, masculló entre dientes “ya se le van a quitar las ganas”!.
Los mecanismos retráctiles de la puerta, oxidados por el tiempo rechinaron. Supo que se trataba de ellos. El sonido le envolvió la espalda como una música escalofriante, y esa fue la alarma para que su mano empuñara el corvo con la presión de una prensa hidráulica. Su rostro se había transformado, ya no era el rostro del ansia, no se trataba de las muecas vacías de quien se enfrenta al estado de una víspera sino que se había convertido en el mapa del odio, en el territorio de la ira.  El rechino de la puerta fue sin duda el sonido de la largada, la señal de partida de una peculiar carrera cuyos contendientes eran los acontecimientos que vendrían, ¿gritar?, ¿apuñalar?, ¿cortar?, ¿correr?, ¿maldecir? ¿llorar?, ¿cuál de estos caballos sería el primero, el segundo el tercero?, ¿Cuál es el orden que los acontecimientos deben tener para asesinar a  alguien?.
No quiso levantar la vista, sabía que su rostro era una maraña de gestos y ademanes y no quería despertar la alarma de nadie, mucho menos de Jano. Con un esfuerzo titánico fue retirando uno a uno los dedos adheridos a la empuñadura del corvo y plegó su rostro hacia el eje de la mesa, exactamente al bailoteo de la chicha dentro del vaso de greda negra. Sostuvo esa posición hasta que algo lo sobresaltó, se trataba de un olor, algo así como la acidez de una lima mezclada con los toques frescos de lavanda. Le costó un buen rato adivinar el origen de ese aroma, rebuscó en su memoria hasta que al fin trocó el olvido en un lamentable recuerdo. Con una mueca de espanto murmuró, ¡Patricia!.
Tomó el vaso de chicha para que el sonido no se propagara por el local, ¡Esa puta!, ¡con este pije!. Ahora sentía en su espalda todo el peso de la sombra de Patricia Ordoñez que tras una estela de perfume barato atravesó el salón junto a Jano hasta una mesa redonda al lado de la caja registradora.
– Ese olor- repitió una y otra vez, al tiempo que de su memoria brotaban como latigazos de recuerdos: las explosiones y las balas de los Remmington que silbaban a centímetros de su cabeza, el olor de los cadáveres chilenos y peruanos pudriéndose en el campo de batalla y de la sangre de los “cuellitos cortados” como le decían a los prisioneros ejecutados por no tener comida para abastecer a todos. El olor a mierda que emergía de los pozos sépticos de la piojera el olor rancio de su habitación, el olor de sudor pegado en las sábanas de su cama hasta que al fin emergía el olor que todo lo cambiaba, el de Patricia, esa mezcla de limas con lavanda que lo dormía a pesar de toda la locura de la guerra y nuevamente el olor de la sangre, el olor del crimen.
Por ese último recuerdo y preso de una furia, ahora desbocada, envió nuevamente su mano cautelosa pero decidida al mango del corvo, y sintió que esta vez el gran reloj universal “La piojera se había detenido”.
Se propuso esperar a que Jano y Patricia terminaran sus tragos y se retiraran, aguantar ese infierno ahora silencioso, detenido, congelado, aguardar a que las cuerdas se tensaran y el reloj piojera nuevamente se pusiese en marcha. Y así sucedió cuando crujieron las patas de la silla de la víctima contra el piso de baldosas negras y blancas gastadas en el repentino movimiento de arrastre, luego ambos saludaron al dueño entre frases que le fueron incomprensibles considerando el enorme ruido de relojería que nuevamente inundaba su cabeza. Ahora cada Tic y cada Tac retumbaban como el martilleo de una maza contra un yunque, un Tic de la polaca que retiraba los vasos de la mesa de Jano y restregaba con su sucio trapo las gotas de chicha derramadas. Un tac, de Jano poniéndose de pie y dándole la mano a Patricia que con una sonrisa desganada se la tendía y con el mismo desdén se ponía de pie, un Tac el sonido de sus tacones contra el piso, un Tic, el saludo entre Jano y el dueño del bar y nuevamente la piojera volvía a ser el reloj de siempre, un mecanismo ajustado para a los designios del crimen que avanzaba hacia su resolución.
Para evitar cruzar las miradas con su víctima optó por replegar otra vez su rostro hacia el centro de la mesa, al vaso de greda que ahora permanecía sereno, con el líquido apenas respondiendo a las tenues vibraciones de un aire espeso, en una calma chicha que anticipaba la furia de la tormenta. Por el rabillo del ojo pudo ver cómo Jano y Patricia atravesaron el salón y en el instante que cruzaban su espalda pudo ver cuando sus reflejos se imprimieron en la superficie serena del líquido de su vaso de greda, y en ese reflejo pudo advertir la mirada de Patricia, una mirada de sorna que se le atascó en la garganta y lo sacó de quicio a tal punto que en forma perentoria volvió a sobar la hoja del corvo flagelando su pulgar en el filo y sintiendo la cálida y aceitosa fuga de la sangre. En ese momento supo que no podría ser un crimen silencioso, de nada serviría la reflexión ni la mesura, su mano debía moverse tan rápido como un rayo y arrojarse tras el cuello de Jano. Quebró el aire de cantos borrachos y humaredas taciturnas en un grito rabioso, levantó su pesado cuerpo de la silla dejando caer algunos de los ilustres visitantes que colgaban del pilar. Estaba por cometer el crimen, a tan solo un paso, tan solo unos centímetros del cuello del doctor cuando en el medio de su carrera demencial, un segundo antes de obtener el trofeo la mano de la polaca le apresó la mano criminal con un sacudón.
-¿Qué hace?. ¡Todas noches misma historia, deténgase, de nada sirve ya, déjelos, déjelos que se vayan!- le dijo entre dientes con ese español apenas comprensible, -¿no se da cuenta?, ¿todavía no se da cuenta!?, ¿hasta cuándo?, ¡váyase a suya casa y cúrese esa herida!-
La puerta rechinó varias veces hasta que su sonido se apagó y los pocos restos de perfume que Patricia había dejado en el aire como finas hebras de una baba del diablo invisible, se fueron disolviendo hasta que nada quedó de ellos. El silencio en la piojera se tornó enorme, ahora esa gran relojería dependía de sus movimientos. De pronto sintió que de su cuerpo salían las cuerdas y las poleas de un mecanismo de relojería que lo animaba todas las noches. En tanto, aún sostenía con la mano ensangrentada aferrada al mango de caoba del corvo.
-Váyase a la su casa, continuó la polaca, mirre; mirre por las ventanas, ya está sol saliendo, vaya y duerma un poco, ellos ya muertos, hace muchos años que muertos-.
Y nuevamente lo olores regresaban como una ola mecánica, y el tiempo otra vez le parecía estirarse y encogerse con una extraña pereza. Miró la cara de la polaca y las arrugas de su frente, miró las avejentadas sillas y mesas y las heridas en las paredes de la piojera y de repente entendió que había caído víctima del embrujo de tiempo de la piojera, que habían pasado muchos años, casi sesenta, y aun, pese a la confusión que provocaba el humo y los vapores del alcohol de la chicha burbujeando en su cabeza pudo sentir el olor del crimen en sus manos,  el inconfundible olor a sangre mezclado con un cierto toque de lima y lavanda. 

miércoles, 28 de octubre de 2015

Poesia tirada

domingo, 29 de marzo de 2015


El que corre no escapa,
a la inapelable manga del tiempo
que viste el pérfido
e insurgente,
ropaje 
del amor.


Tus licuadas esferas,
tus antiguos laberintos,
tus palabras,
tus papeles,
tus poemas,
son apenas viento
en el viento.

martes, 20 de enero de 2015









Jupiter

No vimos nada. La noche nos ocultó el bulto que cayó en un instante tras nuestra ventana, no vimos ninguna sombra, no escuchamos ningún grito.
Esa caída debe haber demorado un siglo pensé. Cientos de años para ser más exacto, un desplome infinitamente lento y con tiempo suficiente como para que las luces de la ciudad resulten extremadamente bellas. Lo que sucedió luego fue una explosión - el termino es correctísimo- y los treinta y un pisos del edificio vibraron como si un pequeño temblor, de esos que remecen a Santiago cada tanto hubiese sacudo la mole desde sus cimientos.
Detuve lo que veíamos en el computador y nos miramos, en la pantalla quedó congelada la imagen de la serie “House Of Cards” en el que la mujer de Underwood, Claire, pone en jaque a unos generales norteamericanos que recomendaban en un folleto informativo sobre casos de acosos sexual “entregarse antes que resistirse”.
Nos incorporamos consternados, de un salto y sin decirnos ni una palabra cada uno fue en busca de una ventana. Sandra optó por ver desde  el  living, pero allí hay que correr todas la plantas lo que me dio ventaja para ser el primero en mirar desde el dormitorio. Abajo, como un pequeño grupo de muñecos de trapo yacían desparramados  los cuerpos, en el medio del concreto gris manchado de aceite de la playa de estacionamiento.
-Sandra! grite -alguien se tiró, se mató, se mató-
Sandra se apartó de la ventana y me miró, su cara se descompuso en un rictus entre el espanto y la sorpresa. Enseguida nos movimos como dos gatos acorralados, supongo que buscábamos en la traslación casi involuntaria por los escasos metros cuadrados del departamento una fuga desesperada, algo que nos evitara entrar en contacto con esa experiencia del límite que supone la muerte ocurriendo frente a uno, una muerte que se nos había venido encima. Sandra gritó, -al citófono!, hay que alertar al conserje,  pero como era una costumbre, apenas levanté el auricular el aparato no funcionaba.
-Bajemos, esa gente puede estar necesitando ayuda- dijo mientras se ponía lo primero que encontraba en el ropero y tras unas contorsiones dignas de una gimnasta rusa logró colocarse sus sandalias de cuero.
-Bajar a donde?, ¿a ayudar?, Sandra, quien quiera que sea ya esta muerto, no hay nada que hacer y no voy a mirar un cadáver un sábado a la noche- pero mis palabras se perdieron tras el taconeo cada vez mas lejano en los peldaños de las escaleras de emergencia.
Al llegar a la planta baja la sala de ingreso parecía un hormiguero sacudido por la violencia del golpe, algunos corrían, otros, generalmente mujeres, gritaban y lloraban nerviosas o preguntaban y urdían conjeturas y aseveraciones de lo mas ridículas. El gran edificio Centro-sur-latinoaméricano hervía por la inescrupulosa irrupción de una muerte brutal. No había mejor metáfora que esa para entender este continente, o por lo menos una parte profunda y embarrada del mismo pensé mientras repasaba cada una de las micro escenas montadas en el hall de entrada. La mole, construida desde los designios de un mercado que busca por sobre todo la mayor rentabilidad, apiñando a cientos de personas en un espacio en altura de no mas de un cuarto de cuadra, ahora se estremecía de horror y perplejidad exhibiendo un escaparate variopinto de personajes que comentaban horrorizados que la suicida no solo había acabado con su vida sino que también arrastró en su corta demencia a sus dos hijas, una de dos años y la otra de tan solo algunos meses.
Las preguntas a esa altura eran demasiadas, pensé en lo curioso que resulta el hecho de que ante una muerte como esa, los que quedamos de este lado solo nos queda la interrogación, y desde ella intentar en vano llenar el vacío de su enorme sinsentido: ¿Por qué saltó?, ¿Por qué la locura?, y de allí, luego de la carencia absoluta de respuestas felices, pasar a las deducciones lógicas e ilógicas e incluso a las condenas. Fue entonces cuando la comunidad comenzó a funcionar como tal, nos veíamos las caras, allí, apretados, amontonados, transpirados, vestidos con lo primero que encontramos, en la planta baja, en el suelo de la tragedia, y fue que comprendí que el gran centro-sur-latinoamérica de hormigón descendía al mundo del reconocimiento mutuo, ahí, en ese barro, semi ahogados de preguntas y especulaciones, inundados de muerte y de sentencias y risitas nerviosas, de llantos y bocas clausuradas con una mano en signo de pavor.
Regresamos al departamento y nos colocamos cada uno en una posición, como arrinconados, la primera frase fue el eco de un silencio que se nos colgó en todas las ideas,  hasta que nuevamente me dirigí a la ventana, mire un rato los cuerpos ahora tapados con sendas mantas, una roja y otra verde, y extendí la mirada hacia toda la ciudad, pensé en Santiago como la enorme escena de un crimen, pensé en las luces que parpadeaban apretadas unas contra las otras e inmediatamente alcé la vista hacia el cielo, allí entre las pocas estrellas que sobrevivían a la contaminación lumínica, parpadeaba una casi pegada a la luna nueva, voltee la cabeza y le pregunte a Sandra si sabía que estrella era.
-hace más de una semana que lo sigo, respondió luego de liberar la cabeza de su jaula de brazos cruzados,- no es una estrella, es Júpiter.
Júpiter- me repetí, - el hijo salvado de la voracidad de su filicida padre Cronos-.
Miré los veintisiete pisos que me separaban de los bultos del estacionamiento y se me escapo un frase como el último resto de un huso de hebras de lana:
-Que suerte la de júpiter-








sábado, 2 de agosto de 2014










Hace un tiempo fuimos a comer a Guerrin, siempre de parados y con la mano, como deben comerse las pizzas del mundo. En medio de esa comilona etrusca acompañada de una buena cerveza y la infaltable conversación siento ganas de orinar. Por aquel entonces para llegar a los baños de Guerrin había que caminar por un largo pasillo, atravesar las capas internas de la pizzeria, un mostrador, el sector de lavado de copas, las zonas de amasado junto a los hornos y seguir, seguir por las regiones mas inhóspitas y lúgubres del local, descender como un Dante urbano hacia los baños retirados al centro, al final, en el mismísimo y medular infierno. El asunto es que al llegar, de un solo y pedante empujón la pequeña puerta de varillas de pino golpeó la espalda de quien estaba tranquilamente lavándose las manos. Pensé en lo mal distribuido de todo: la ubicación del baño, lo estrecho del pasillo por donde salían y entraban frenéticos mozos, y en que el lavabo y la puerta de entrada estaban absolutamente mal ubicados y por ello ese pobre personaje había sido víctima de toda esa irracionalidad arquitectónica. Pero algo sucedió  luego del accidente, un acto que duró apenas unos minutos y marcaría el resto de mi vida. Vi como su mirada se levantaba reflejada en el espejo manchado de salivaciones y gotas de jabón secas, -Es la mirada del diablo!!- pensé. y de inmediato, casi al instante, como suelen aparecer los recuerdos, la asocié a la diabólica mirada que me había aterrorizado de chico en una película llamada "Nazareno Cruz y el lobo". Sin decir nada caminé derecho hasta los mingitorios esbozando apenas una tímida disculpa que se me apagó en la boca como suspiro de moribundo. Me costó una eternidad mear, no sabía si quedarme quietecito hasta que el susto remanente de mi infancia cediera a la tremenda admiración por ese actor, por esa gran voz gutural o simplemente acercarme y declararle mi admiración mas llana y profunda. Al final de esa orinada fui al lavabo ensayando unas palabras temblorosas para decir, pero como suele suceder en estos encuentros, el diablo había desaparecido. Se había esfumado tal vez aburrido de esperarme, tal vez cansado de que no le ofreciera mi alma a cambio de todas las delicias del mundo. Quedé solo en el baño, ahí, en el centro del infierno habiendo desaprovechado la única oportunidad de sellar un pacto con el mismísimo ángel oscuro. Dudé demasiado y ahora solo me queda la anécdota como un aliciente que me entibia el alma, como una pequeña historia que cuento una y otra vez y que se perderá en ese inmenso universo del olvido llamado pizzería Guerrín


La entrevista era a las doce y media. Llegar a la estación Unión Latinoamericana fué sencillo, al poco tiempo de estar en Chile aprendí que la alameda se abre bien grande y que por ahí pasan los hombres libres sacudidos como un banderín dentro de una micro, gracias a la imperturbable demencia de sus conductores. En el instituto me recibió una señorita que me sacaba dos cabezas y unos quince años menos para contarme que la bacante era de un curso sobre Investigación de mercado y estrategias de marketing". Acepté, y mientras nos despedíamos, luego de que me pasara dos fornidos volúmenes relativos al tema, salí del instituto asombrado en todo caso de esta novísima capacidad mía de adaptación laboral. En el trayecto hacia la siguiente media hora de sacudidas, fui leyendo el texto introductorio del libro más grande, un vademécum de como seiscientas ochenta páginas en el que consignaba lo siguiente: "El mundo de la investigación de mercado es de ritmo rápido, la investigación de mercado requiere la perspectiva de una persona informada..." y luego de repetir cuatro veces en dos líneas la palabra "Mercado" unida a unos adjetivos de lo mas ridículos, concluía: "uno de los autores de este libro es un investigador de mercado (bueno eran cinco veces..) , es el único libro de investigación de mercado (seis) escrito por un Presidente y un CEO de una organización de investigación muy exitosa"... A este nivel mi mente comenzó a divagar, a creer que había cruzado definitivamente los lindes perversos de la realidad y había entrado en una dimensión completamente extraña para mi, me sentí un poco mareado, pero a pesar de ello proseguí mi camino. A las pocas cuadras comencé a rumiar un soliloquio demencial, mascullaba sobre el absurdo de convertirme en un educador presto a introducir a unos retoños con acné en el mundo de la mercadotecnia y de verdad que a cada paso todo me parecía mas y mas absurdo. Al doblar por Molina y Alameda un cartel me salvó la vida, "Libros a luca", lo curioso del tema es que la batea se encontraba frente a una perfumería enorme que exhibía en dos sendas vidrieras los mas variados productos para el cabello. Metido detrás de la mesa cargada de volúmenes un viejito de aspecto desgarbado, me pregunta -¿librito a luca joven? y saca del montón una biografía de los hermanos Marx. Con solo leer la contratapa sobre el humor absurdo y destructivo de Chico, Harpo y Groucho de repente lo entendí todo: la sacudida, la entrevista que casi deviene en una carcajada cuando la entrevistadora me cuenta que mi clase es parte de una carrera llamada "Ingeniería en gestión deportiva", el prólogo del CEO, el mercado y sus leyes, las técnicas de venta, la perfumería, los libros, los productos para la belleza capilar, compre el libro con una enorme sonrisa y luego un breve cruce de palabras con el viejo continúe con mi enumeración: la alameda, las micros violentas, el mercado, el mercado, los hermanos Marx, el humor, el absurdo, y siempre, siempre el humor.

jueves, 28 de marzo de 2013














FRÍO


Apenas han transcurrido unos pocos minutos que desperté con la angustia del llanto. Por eso no tengo otra alternativa que desfigurar, para en todo caso, figurar el sueño que tuve esta mañana.
En este mi sueño los viajes de ruta conducen más allá del espacio y el tiempo. Los micros, y esta advertencia la supe de parte de uno de sus choferes, cuando emprenden un viaje nunca se sabe dónde terminan. Los paisajes los reconozco, siempre son los mismos, después de todo en la provincia las extensas llanuras de campos avanzan parejas, a lo lejos muy lentamente y bajo la ventana a una velocidad que solo permite ver estelas multicolores. Pero todo eso cambia radicalmente cuando el vehículo se adentra en un poblado. Ahí la cosa es distinta, todo muta: el olor, los colores, las casas, las personas, su andar, sus vestimentas, los nudos de las corbatas en los hombres que corren a sus trabajos y los pañuelos de seda azul que cubren los ruleros en las cabezas de las mujeres que barren la vereda, incluso en una mañana fría como esa. Todo cambia y uno sabe que está en el mismo espacio que todo ese gentío pero, definitivamente, en otro tiempo.
Así sucedió. El paisaje había cambiado tras los ventanales, y cuando el micro finalizó sus agotadoras maniobras en la terminal y yo las mías frente a la compuerta de salida, ese mundo se desparramó ente mí en su total extrañez. Bajé e Intenté protegerme caminando indiferente a todo, procurando penetrar el esquema de normalidad del lugar, “como si no pasara nada”, como si fuese un buen ciudadano de buena familia que avanza por la calle hacia algún sitio.
-La gente que no es de un tiempo- pensé -es fácilmente reconocible-. así sucedió, al poco de andar escuché que desde un grupo de personas que tocaban la guitarra, tirados en un parque, me llamaban entonando un silbido sordo. Al acercarme, no sin un dejo de desconfianza, pude conocer al dueño del silbido, se trataba de un tipo flaco y largo, de piel blanca, cabello rojizo y pecas del mismo color por toda la cara que sin darme tiempo me espetó un –vos no sos de acá, ¿llegaste recién?, vení, quedáte un rato, ya está oscureciendo y en un momento vamos a lo de un amigo a buscar unas flores para fumar. Así de intensa la invitación, por supuesto accedí.
Los integrantes de ese concilio eran la caricatura exacta de un film tipo Woodstock o la película del festival BArock de los 70s. Además del colorado, el grupo lo integraba una adolescente de unos veinte años encargada de tocar la guitarra, me llamó la atención su rara belleza, similar a las madonas de Modigliani. A su lado, recostado con los brazos tras la nuca un joven gordo y petiso vestido con un jardinero y gorra gris de jubilado tarareaba sin saber las melodías que la chica interpretaba. Todos vestidos con ropas hippies masticaban casi sin mover los labios canciones que yo reconocí de inmediato pero que me negué a cantar. Tras observar mi mutismo, el colorado señaló en tono picaresco, -claaaro vos estas esperando sumo ¿no?-  el asombro luego tornado en una sonrisa baja precedió a la lógica auto-explicación de que él también viajaba en el tiempo. Habría llegado en otro micro, -últimamente los viajes se están poniendo de moda- musité en voz baja.
La chica Modigliani en un momento dejó de tañir la guitarra, se levantó de un salto alargando su largo cuello y acusó al resto –bueno loco, ya nadie canta, está oscureciendo y me cago de frío, vamos a buscar las flores?- al terminar la llamada imperativa todos se incorporaron y estiraron manos cuello y espaldas,-Dale colo-  dijo el gordo –me pidió que pase a las 8-.
En el camino sonaban los chistes y las risas tronaron por toda la cuadra, recuerdo que el principal motivo de risa era que en un momento comenté mi afición a escribir cuentos futurísticos y entonces eso me permitió hablar y hacer  bromas sobre mi tiempo. Sabía que ninguno, excepto el colorado, sabía de qué hablaba y por ello mencioné los celulares, internet, Facebook y efemérides de todo tipo y color y claro, todos pensaban que yo relataba los esquemas preliminares de cuentos o novelas de ciencia ficción y literalmente se morían de risa.
Al llegar a la casa del proveedor de las flores ya eran como las diez de una noche que realmente había comenzado a helar, inquirí al colorado en qué mes estábamos y tras dudar unos segundos respondió –marzo-. -un día tan frío en marzo-, pensé -indudablemente no solo los paisajes tecnológicos y las modas cambian con los años, tal vez sea cierto aquello del calentamiento global. Me preguntaba cómo uno puede tiritar tanto en un sueño, así que apenas entramos  me apoltroné en un sillón BKF de mullido corderito. La casa era amplia, reconocí al instante el estilo racionalista porque era el estilo que amaba mi madre y que abundaba en las revistas de diseño de los años setenta que aún juntan polvo en el estudio de casa. El dealer, un pibe de unos diecisiete años, hablaba sin parar de sus plantas, de los hermosas que estaban, de lo difícil que era para él haber conseguido el permiso de sus padres, ambos –lógicamente arquitectos- para tenerlas en el jardín y realmente por el tamaño de los cogollos que desparramó en la mesa ratona de vidrio que adornaba el centro de la sala, estábamos evidentemente ante un entusiasta cultivador que luego de muchos ensayos y errores había logrado pulir su técnica. La conversación sobre sustratos, tierras y mambos avanzaba mientras la chica Modigliani preparaba el cigarro acompañando su tarea con el tarareo de un tema de Manal. Así avanzaron las horas, la charla se enroscaba entre el humo de la marihuana y los debates sobre quién conocía las últimas novedades de la movida Beat y si volverían las glorias pasadas del peronismo.
-Yo no sé para qué carajo vino el viejo, armó flor de quilombo y se murió, para eso debería haberse quedado exili…- refunfuñaba el gordo recostado en la misma posición de la plaza pero esta vez bajó los pies de la chica Modigliani, que sin dejarlo terminar la frase le retrucó –cállate gordo si los troskos como vos jamás van a entender lo que significa el movimiento peronista - -si,- retrucó el gordo mientras entornaba su gorra gris sobre la cara- significó la apoteosis de las masas trabajadoras dirigidas por un brujo fascista y una magdalenita riojana que no entiende nada-. En eso el semblante blanco lleno de pecas del colorado, se tornó casi del mismo color que sus rulos,  se levantó de un salto y cortó en seco la “disputatio” política  –¡loco y la reputa madre!- y su rostro se descompuso en una mueca horrorosa mezcla de angustia y odio –¿no pueden dejar de joder?, che… ¡paz y amor!, ¿les suena eso?, no queda tanto tiempo, siéntense y disfruten- Y se quedó parado en el medio del living con los brazos agarrándose la cara, al final y casi como un sollozo volvió a decir, -disfrutemos, queda poco tiempo y cuando recuerde este momento, dentro de veinte segundos o veinte años voy a decir, aún entonces había algo de tiempo, yo sé porqué lo digo- y se dejó caer en el medio de la sala en cuclillas en una posición fetal vertical. El silencio fue brutal, solo cortado por la chica Modigliani que se le acercó para abrazarlo y besarle las manos que no se despegaban de la cabeza. –Bueno che, prometo no pelear más con este gordo boludo, además si seguimos así vamos a terminar casados- todos nos miramos conteniendo la risa por respeto a la escena dramática del colorado, pero no duró mucho, enseguida el propio colorado estalló en una carcajada y todos lo seguimos gustosos. Al poco tiempo se dejó ver nuevamente y se sentó bajo mis pies. La reunión había sido salvada por la risa –pensé- y esa sensación me alivió, realmente pude sentir algo increíble esa noche, lo sé, es raro. No recuerdo que algún sueño me haya impactado tanto, sentía una obstinada sincronía con lo que siempre había imaginado debía ser la libertad, algo que tal vez con los años había perdido de vista.
Los sonidos de la reunión nuevamente fluctuaban entre temas como la mejor banda argentina o si “Billy Bond y la pesada” eran una manga de retardados, cuando el colorado se dio vuelta y me pidió que saliéramos al patio. Se levantó de inmediato y ambos cruzamos la mesa ratona llena de cogollos y el resto del living hasta la puerta corrediza que daba al jardín de la alegría. Una vez fuera la helada nos quebró la risa, el colorado saco un paquete de cigarrillos y me ofreció, yo me negué cortés pero decidido, -¿no fumas?, dijo como para abrir el diálogo, -no colo, solo fumo marihuana- dije y observé como sacaba un Parliament y lo encendía provocando un efecto extraño en la mezcla de colores del fuego y su cabellera rojiza. Nos quedamos en silencio tiritando bajo la luna que lentamente desaparecía entre un montón de nubes, hasta que deseando regresar nuevamente a la casa apuré el motivo por el  que me había pedido salir, - ¿pasa algo che?, lo que dijiste recién ¿de dónde vino?-. El colorado dio una pitada larga, volcó la cabeza hacia atrás y largó el humo sin soplarlo, solo abrió la boca, y las volutas ascendieron haciendo cabriolas hasta ligarse con los últimos rayos de luna. Luego confesó -es un poema que escribió mi viejo- lo hizo antes de ser secuestrado y repitió las mimas palabras pero completando el poema: “el truco de revivir los pasos perdidos, es no dejarse engañar por el repiqueteo del taconear del tiempo, uno dice, ya no queda tiempo, pero cuando lea esto, en veinte segundos o veinte años diré, aún entonces, había tiempo”, por eso estamos acá, vos y yo, -¿acá dónde?- apuré -acá-, dijo señalando la casa y cuando dirigimos la mirada hacia el interior el resto del grupo se despanzurraban de risa del otro lado de la puerta corrediza, -este es un regalo, ¿no te das cuenta?, ¿no sabes que día es hoy?, en este momento se están juntando todas las jerarquías militares para el golpe que van a dar dentro de tres días, hoy es 21 de marzo de mil novecientos setenta y seis, y ese gordito y la chica son mis viejos, dentro de quince días los van a chupar los servicios, ninguno de ellos va a sobrevivir.
Ambos quedamos en silencio, el colorado dio otra pitada al parliament y en el movimiento pude ver como su mano temblaba al llegar a la boca. Pensé en el frío que nos envolvía el cuerpo, el frío de la noche, el frío de la muerte, de aquella revelación y en todos los fríos. Pensé que hay muchos fríos y en lo equivocado de la frase “tengo un frío que…”. El colorado no dijo nada más, luego de hablar dio media vuelta y rumbeó hasta el fondo del jardín hasta las plantas que sabiamente el  dealer había colocado tras el muro más alto, fuera de la vista de vecinos chusmas, luego torció una de sus ramas florecidas y la llevó a su nariz. A mí se me atoraron las palabras, me tiritaba la mandíbula y solo pude musitar –pero ¿de qué carajo estás hablando? El colorado dejó la rama y regresó hasta mí, pero su cara presentaba un rictus deformado. –¡si decís algo, la cagas boludo!. Mirá flaco nosotros no podemos intervenir, estamos acá porque los sueños se comportan así, porque “nuestros” sueños se comportan así y me sorprende que no te sepas las reglas, pero ¡es así!, si les decís algo, si les advertís del peligro que corren todo se rompe, todo se desvanece y desaparece como el humo de este cigarrillo, como en matrix, ¿entendés?, nada de esto es real, no existe esta casa ni… ni esas plantas, ni siquiera el mambo que tengo ahora ni nada, esto es solo una película que estás creando en tu mente pero esta película me permite conocer a mis viejos, y compartir un momento con ellos. Tuve que traerte con nosotros porque, y no me preguntes cómo, alguien o algo me explicó las reglas. Si vos no venias con nosotros nada hubiese pasado, estas acá, como…, como un proyector de cine, estás proyectando todo esto, así que te prevengo que no abras la boca y te quedes hasta el final- y tras arrojar el cigarrillo contra uno de los muros provocando un estallido de fosforescencia roja agregó –por favor, no digas nada- y marchó a hasta la puerta corrediza para meterse en la casa.
Me quedé un rato más, observe el festejo de todos cuando el colorado entró. Era como si hubiera cruzado un portal hacia otra dimensión, a otra de mis creaciones. Su semblante blanco y pecoso volvía a sonreír a carcajadas, seguramente con las ocurrencias del gordo, su padre y sin siquiera dirigirme una mirada se despanzurró en el piso con un porro en la boca.
– ¡Que frío!- pensé, -¡cuántos fríos la reputa madre me estoy helando!-. Miré al cielo que ya estaba completamente encapotado y empezaba a amanecer. Las nubes prometían un chaparrón, así que no dudé en seguir los pasos del colorado y volver al calor de la casa –aunque no sea real- me dije -era mejor que estar ahí afuera-. Abrí la puerta y las risas habían devenido en un canto colectivo, “me gusta ese tajo” del flaco Spinetta retumbaba por todo el living y el gordito al verme entrar me aclaró –no te ofendas loco, pero empezamos a hablar de las tetas de la Sarli y terminamos en esto- reí a carcajadas mientras ellos entonaban: “me gusta ese tajoooo que ayeeeer conoci” y yo reía y acompañaba con las palmas, pero algo estaba mal, -después de todo- pensaba -es mi film, es mi decisión y yo sabía lo que les esperaba, -¿por qué no?, ¿por qué no torcer el guión de un simple sueño de mierda?, ¿no es demasiado con lo que sucedió en realidad?, ¿por qué no modificar el final de un sueño, aunque sea un puto y extraño sueño como este?. No tiene porqué terminar como dice el colorado y ya que lo pienso:  ¿quién dice que él mismo no sea una fantasía mía, un fantasma más?, “me gusta ese tajo, que ayeeeeer conociii”  -no me puedo ir de aca así- “Ella me calienta la quiero invitar a dormir”, -que frío, puta madre que frío- “Con sus lindas piernas ella me hace pensar debo destruir la mierda de esta ciudad”. No pude más, una sensación extraña comenzaba a envolverme y sin poder aguantar de un salto me incorporé mientras murmuraba –-el frío de mierda, el frío de mierda- di vueltas por el living y todos hicieron silencio, sentí sus miradas clavadas en la nuca, -¡el frío de mierda, los fríos!- nadie hablaba, estaban ahí parados como petrificados y yo corría de un lado a otro, ¡no es así!, ¡por favor se tienen que salvar! En el patio comenzaban a filtrarse los primeros rayos de un sol otoñal y mis gritos espantaron a los pájaros mañaneros que se acercaban al pasto húmedo a comer lombrices, ¡se tienen que salvar, este mi sueño, si los agarran así, cantando fumando, si los agarran!, y se me quebraba la voz, sentía que no podía dar el mensaje vital ¡se viene un golpe, es ese Videla y ese Massera y ese otro que nunca me acuerdo, los van a matar a todos!, ¡corten las plantas!, ¡váyanse, sálvense! Y mi voz fue apagándose hasta ser solo un pequeño hilo, un hilo frágil y sordo perdido en las mañanas del tiempo.

viernes, 8 de febrero de 2013



El padre de Homeless visitaba los bañados rebosantes de musgo y garzas en Sierra Colorada, adentrándose entre los humedales hasta un pequeño montículo de tierra y rocas que servía de isla robinsoniana.  Allí se quedaba largos ratos con la mirada clavada en el vaivén de los juncos. Leía a los gritos poesía cubana, chilena, nicaragüense, uruguaya y argentina, y dejaba que los versos flotaran por el silencio del lugar, interrumpido solo por los cortos reflujos de agua que el viento empujaba hacia la costa. Sentía el abrazo de esas voces que resistían el avance de la muerte, la represión y la miseria de aquellos tiempos con el color y la música de las palabras. Un día, para sorpresa de Homeless, su padre lo arrancó de su deber de colegial madrugador y se lo llevó con el rastrojero al pueblo. En el camino le explicó que un gran poeta cubano había llegado de incógnito a la ciudad y que ese era un gran acontecimiento porque la poesía, según él, tenía como fin engendrar las palabras que dieran a luz a las nuevas sociedades. El viaje duró más de dos horas y para que Homeless conociera a este poeta su padre sacó de la guantera del vehículo uno de sus libros y le pidió que lo leyera en voz alta. Homeless al principio pasó las hojas con la displicencia de un notario ante un montón de aburridos números y cálculos y luego comenzó a leer un poema rarísimo y lleno de música:
“Aé, vengan a ver/aé, vamo pa ver/¡Vengan, sóngoro cosongo,/sóngoro cosongo/ de mamey!”
-¡Bien mi hijito lea, lea más, grite la poesía!
Paloma del palomar, /cuando tú pases por México/ no dejes de preguntar/ quien me cerró la puerta a que llamo yo,/paloma del palomar.
¡Tal vez te puedan decir, /paloma del palomar, /quién es quién la puede abrir/y quién la mandó cerrar!
-Muy Bien mi`jito, así, más fuerte carajo, lea, lea!
Homeless empuñó las palabras como dagas afiladas y a pesar del titubeo, leía fuerte, gritando cada estrofa que resonaba en la cabina como una declaración de guerra, incluso cuando la camioneta tuvo que detener su camino en el control policial. Pero al leer las siguientes estrofas: “Ya sabrás algún día porqué tu padre gime,/y cómo el mismo brazo que ayer lo hizo/mendigo,/engorda hoy con la sangre que de tu pecho exprime”, la estanciera se cerró en un silencio de sepulcro y la euforia del padre ante cada verso no volvió a encenderse en lo que restara del viaje. Homeless prefirió continuar con la lectura en silencio. Al llegar al pueblo su padre estacionó la camioneta frente a la cancha cubierta de fútbol del Club Social y Cultural de Sierra Colorada y entre empujones se ubicaron en una de las gradas agitada por los saltos que cada tanto provocaba el canto “Cuba, Cuba, Cuba, el pueblo te saluda” que algunos jóvenes hacían rebotar con un efecto de delay en el techo de chapa. En el centro de la cancha, tras una enorme mesa enfundada en una bandera cubana, emergía Nicolás Guillén con casi ochenta años y marcadas dificultades para moverse y hablar. A Homeless, aquel hombrecito le pareció una pequeña bolita de nieve y chocolate que con una voz lenta pero tan musical como los versos que había leído en el viaje, respondía las preguntas de los presentes y agradecía las muestras de afecto y camaradería.  Al concluir el encuentro, el padre lo tomó del brazo y sin mayores esfuerzos, debido a su robusta corpulencia, pudo llevarlo hasta el poeta que a duras penas y ayudado por personas de la comitiva cubana, lo ayudaban a descender del escenario.
-¡Andá m`ijito, decile que te firme el libro, hablale de la poesía, preguntale si los chicos en Cuba leen sus poemas.
Guillén caminaba apoyado en los brazos de sus coterráneos, sin muletas y sin bastón, y con un  círculo de personas que avanzaba conforme él lo hacía. Parecía un juego, algo así como un Antón pirulero con una ronda de aduladores que se desplazaban al compás del anciano poeta. En un momento una hendija se abrió en el círculo humano y Homeless avanzó hacia el poeta con el libro entre las manos. Al verlo, Guillén detuvo la marcha y escrutó con sus negros ojazos el semblante del niño y el “Sóngoro Cosongo” que bailaba entre sus temblorosos dedos, hasta que por fin, entonando esa eterna y rítmica melodía que a Homeless le encantaba, le preguntó:
-Te ha gustado el libro?    
Homeless se dio cuenta que la atención del poeta en él había provocado un silencio repentino y absoluto, ya nadie agradecía, nadie le preguntaba nada, los brazos que intentaban tocarlo se detuvieron y ante todo el circulo había estancado su perezosa marcha hacia el automóvil que regresaría a Guillén al hotel.
No respondió, solo extendió el libro y no sin un poco de dificultad Guillen lo aferró con sus negras manos y lo firmó en la portada con un escueto “Guillén 85”; luego, acercando su enorme cabeza hasta el oído de Homeless le susurró cantando:
- aé, vamo pa ver/¡Vengan, sóngoro cosongo,/sóngoro cosongo/ de mamey!



Homeless se incorporó ese lunes bajo el cilo de la empresa cementera "del plata" con el sonido tintineante de la arena rebotando en las entrañas de los caños transportadores. Pensaba: "la arena del río, indispensable para el cemento que me cobija".

lunes, 7 de enero de 2013







Por sus venas corría una fiebre anónima, un espíritu impregnado de miradas de desprecio. Sus ojos amanecían entre los cartones desparramados a un costado de las calles empedradas de San Telmo y de ahí en mas todo era una deriva, ir de aquí para allá, transitando los restos de una ciudad empapada de miserias y sin tiempo para las miserias ajenas. Por supuesto que nada la aferraba mas al mundo que compartir sus propios restos de humanidad con Homeless, su hijo. Caminar juntos perdidos en la noche alucinada de la calle Corrientes, esquivando el taconeos frenético de las parejas de porteños heridas a muerte de tedio, y pidiendo las sobras de una Pizza rebosante de mozzarella que devoraban contemplando el obelisco, ese extraño tótem de una civilización que no los quería. Homeless aún recordaba que el primer día que llegaron a Buenos Aires, huyendo de la furia de su padre, hacía un calor insoportable de treinta y nueve grados que derretía hasta los pensamientos, y mientras su madre buscaba una pensión en la que gastaría las últimas reservas del dinero, salió a dar una vuelta por esa abrumadora geografía del barrio de once, plena de los resabios escuálidos de una ciudad destinada al sueño decimonónico moderno de una elite pero ya para esos años devenida en una inválida, acosada por el lumpen-proletario inmigrante, a los que atacaba desprendiendo en sus cabezas los restos de las molduras de hoteles decadentes y casonas derruidas de estilo francés. Recordaba que en una de las ochavas un grupo de jóvenes de alguna agrupación política pintaban un mural que recordaba al explotado obrero latinoamericano, de inmediato se acercó y no tardó mucho en ganar el aprecio de una joven que le dio dos obsequios; una brocha impregnada de una hermosa pintura verde, con la que retrató su perdido valle de Sierra Colorada, y una calcomanía del Che Guevara. Homeless no tenía ni idea de quien era ese tipo, pero al subir a la habitación del hotel, de la que sería su última vivienda, lo primero que hizo fue pegarla en el enorme ventanal que daba justo a la ochava en la que aún los jóvenes pintaban las consignas de una patria socialista exactamente al lado de su enorme y verde valle recién pintado.   

viernes, 4 de enero de 2013






Homeless soñaba con disparos. Tras el sobresalto, examinó por el rabillo del ojo el fogonazo de cohetes y bengalas que retumbaban dentro del puente. Sus vecinas las palomas, inquilinas de cuanta brecha de concreto existiese en la construcción, abandonaron sus nidos al unísono, aterrorizadas por los traqueteos de las explosiones y dejaron tras de sí una lluvia de plumas, polvo y el piar de sus famélicos pichones. Homeless comprendió que había empezado un año nuevo. Terminó de incorporarse y estornudó tres veces, siempre había sido alérgico a las plumas de las aves, y tras escrutar entre las mantas advirtió que ninguno de sus perros se encontraba a su lado, habían huido seguramente a refugiarse bajo las ruedas de los autos del estacionamiento. Sin preocuparse por ellos se sentó en el colchón y apoyó su espalda contra el muro, abrió su bolsita de arpillera y armó un cigarrito con la paciencia y la destreza de un cirujano plástico para luego colocarlo entre sus labios, agrietados por la sed y seguramente los efectos de la cirrosis. Pensó en los fines de año y en el recuerdo de uno solo de ellos, el de siempre, cuando apenas tenía ocho años. Su padre, en el instante liminar en que los relojes marcan lo que nunca han podido señalar, cuando el retumbe de los cohetes tronaban por toda Sierra Colorada, tomó un revolver Colt 38 largo y sin avisarle a nadie se fue al fondo de la casa a dispararle a un algarrobo de más de ciento cincuenta años. Pum! Pum! Sonaban los balazos, Kapum! Fshhh! Sonaban cohetes y bengalas y Homeless, único testigo de la ira de su padre presenció aquella sinfonía de pólvora, aquel despertar hacia nuevos años, uno tras otro, en tanto algún que otro estornudo le recordaba que las aves estaban huyendo sin sus pichones.









jueves, 6 de diciembre de 2012



El paseante, por un momento, tal vez en un café con amplios 
ventanales se detiene a mirar. Es el doble juego del habitante urbano,
 el ser-acción, objeto de la mirada y el ser-contemplación, espectador 
de la acción de la urbe. Lo que queda claro es que la tecnología o las
 prótesis de registro (celulares, cámaras digitales), nos impulsan a que 
ninguna de estas dos posibilidades queden sin registro, incorporando 
una tercera mirada, furtiva y fantasmal.

Urbano 1





Entender lo urbano como un acontecimiento que no puede ser evitado
sacado del cuerpo porque es ya cuerpo y nuestros cuerpos son ciudades.
Es una novedad que recorre la geografía e inocula el sueño de lo solido,
 aun cuando el mismo esté condenado a desvanecerse en el aire.







Existe un espíritu urbano, un rayo invisible que transvasa 
a quienes habitan las ciudades. Una estética solo asequible 
desde la intuición a quien haga la practica de observar en 
sus habitantes los gestos, movimientos, sonidos, posturas 
y la siempre tensa relación con un paisaje que contiene, 
pero que a su vez es contenido, es identidad, es memoria.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Memoria





Que puentes extraños tiende la memoria con la identidad; con los cientos o miles de fragmentos de un pasado que edifica quien soy hoy. Cuantas imágenes, texturas, olores, cuantos colores. Y todo eso amalgamado por el engrudo pegajoso de un sinnúmero de sensaciones, casi como si de sueños se tratara.
Este álbum de fotos es prueba de mi memoria, y por lo tanto una prueba absolutamente personal y subjetiva por cuanto solo cumple la función de solazarme en mis propios recuerdos. Por ello quizás ninguna de ellas represente nada para nadie. Quizás no sean más que imágenes-vestigio de una casona muy descuidada, un paisaje con el encanto de la decadencia que solo el arte fotográfico puede convertir en “decadentemente bello”, encantador y a la vez melancólico. Estas imágenes son fragmentos de mi niñez, son una patio de juegos, amigos, momentos hermosos, aventuras en donde todo era un descubrimiento, desde estas fotos puedo revivir lo olores de la merienda, el almuerzo de pan de carne, y los postres de gelatina, puedo revivir los talleres de música, de teatro, de granja y las palomas mensajeras que nunca regresaron, puedo explorarme y ver al niño que jugaba (casi autísticamente) con la brea del piso, o tratando de leer el lomo de los bichos bolita. Puedo sentir el eco de las canciones que cantábamos transportados por las notas del acordeón de Harry, que una vez terminados le allanaban el camino a sus muchos relatos. Pero también es un testamento a mi propia historia familiar, ya que el arenero que allí aparece asediado de maleza (que es la forma que tiene la vida de abrirse paso por nuestras pequeñas y mundanas obras), y el gallinero del que solo queda una pequeña torre, fueron construidos por mis padres y es de suponer que representaban el valor más alto y el motivo para enorgullecerme de ellos cada vez que entre sus límites jugaba a los vaqueros con José Luis, con Diego, con Jorge y no sé cuántos chicos más.
Exactamente hoy, a poco más de un mes de que mi viejo decidiera marcharse a otra existencia puedo reencontrarlo gracias a estas imágenes… parece absurdo, uno se pregunta ¿Cómo puede una bandeja en una cocina, o unos radiadores en una pared, o una escalera, o un jabón en un baño traerme a mi viejo y activar recuerdos como si fuesen las miles de estrellas de un fuego artificial recién detonado?, y es allí, exactamente en ese instante que comprendo el poder del olor de la magdalena de Proust, en esa encrucijada en al que se hace imperativo recobrar el tiempo perdido y transitar, de seguro arbitrariamente, los increíbles puentes que nos tiende la memoria.http://www.flickr.com/photos/eternauta32/sets/72157631890426819/

jueves, 28 de junio de 2012

 

Hechicera

Cuantas maneras existen
de ver y verte.

Porque en la imagen
te enseñas
como una hechicera nocturna.

Porque en el riesgoso sueño de las mareas
te mueves...
como el ritmo de un corazón ardiente
o la belleza atomizada de un colibrí.

De cuantas maneras,
de cuantas palabras que te nombran
puedo yo apropiarme,
para hacer de tu cuerpo mi memoria,


contra los relojes,

y las decencias.

martes, 22 de mayo de 2012

http://www.flickr.com/photos/eternauta32/7238816420/in/set-72157629824178140/



  

“…es ese azar que en ella me despunta”. “Surge de la escena como una flecha que viene a clavarse”. El punctum “puede llenar toda la foto” (....) aunque “muy a menudo sólo es una detalle” que deviene algo proustiano: es algo íntimo y a menudo innombrable”

Roland Barthes “La Cámara Lúcida”

Punctums

De los primeros años de la dictadura persisten imágenes en mi memoria. En ese tiempo mis padres, ávidos consumidores de publicaciones gráficas, conseguían amontonar en los armarios decenas de ejemplares de revistas de historieta como la Skorpio, Tit Bits, junto a semanarios de humor gráfico y políticos como Humor, Superhumor, Crisis; y claro, indudablemente con la curiosidad del niño que fisgonea las cosas de “los grandes”, accedí visualmente a esas publicaciones y con ellas fui forjando una amalgama de sentidos extraños, imprecisos, en los que se urdían la aventura gráfica, la violencia y el humor con una sensación densa, un tufillo represivo que alimentaba una  voz baja, como a un nivel inter-consciente que me narraba lo que estaba ocurriendo. A temprana edad supe que había en la calle ciertas cosas que debían mirarse como de reojo, como no queriendo mirar pero al mismo tiempo este “no ver” debía estar acompañado de una suerte de estado de alerta. Estos objetos de la vida real, de ese tiempo, fueron agolpándose en mi cabeza hasta formar una, seguramente eficaz, imagen de la dictadura de la que mis padres probablemente querían protegerme. Aún hoy, estas imágenes me persiguen y forman, cuando camino por las calles, unas descontextualizadas ideas-ideológicas en un presente que nada tiene -o tal vez si- que ver con el del niño que fui. Recuerdo que en esa época estaba obsesionado con, por ejemplo, saludar a los policías “para que no nos maten” como decía mi madre que yo argumentaba, o pensar en gente prisionera y fusilada al pasar por la puerta de la ESMA. Recuerdo dos punctums al que mi mirada se dirigía y aun hoy son donde mi mirada se detiene como poseída por una irrefrenable fuerza de atracción. Estos punctums que de alguna manera tienden un puente entre pasado y presente tiñen de recuerdos mi memoria como la magdalena de Proust. El primero, son las garitas de vigilancia de cualquier sitio militar o policial, y que me transportan a aquellas de la ESMA, similares a tanques de agua con unas pequeñas ranuras rectangulares en sus costado de las que siempre sobresalían los caños del fusil FAL. El otro, los temidos autos Falcons verdes.
Sabía, incluso siendo un niño, que en esos vehículos había gente peligrosa de oscuros lentes negros, como en la canción de Pipo Cippolati, que tenían la oprobiosa misión de llevarse gente por pensar distinto, por no pensar como ellos. Era suficiente con haber visto los dibujos de los chistes de la revista Humor para saberlo, era suficiente con ser un niño al que sus padres no le cierran los ojos o los oídos a ciertos  comentarios a cierta música para comprender quienes eran y que estaban haciendo. Eso era motivo suficiente para que el niño de entonces y el adulto de hoy no puedan evitar desviar una  magnetizada mirada a los Falcons verde, ayer briosos corceles de hierro en manos de los represores, hoy desvencijadas carrocerías llenas de óxido. Y da lo mismo si los ocupantes de esos coches, estaban vestidos de sport, o traje, o si eran mujeres o ancianos o parejas despreocupadas  o si eran como estoy seguro de haberlo visto una solo una vez en la curva de una colectora de acceso a la avenida General Paz, cuatro hombres que sacaban armas por las ventanillas, lo importante era que nunca supiesen que yo no pensaba como ellos y así mantenerlos alejados.

martes, 22 de noviembre de 2011

Camera Oscura





...Asi pues, deberé rendirme ante esta ley; no se puede profundizar, horadar la Fotografía. Solo puedo barrerla con la mirada, como una superficie quieta. la Fotografía es llana, en todos los sentidos del término, esto es lo que debo admitir. Es injusto que en razon de su origen técnico, se la asocie a la idea de un pasaje oscuro (Camera Oscura) . Debería llamarse Camera Lucida (tal el nombre de aquel aparato anterior a la fotografía que permitía dibujar un objeto a través de un prisma, teniendo un ojo sobre el modelo y el otro sobre el papel; pues, desde el punto de vista de la mirada "lo escencial de la imagenconsiste en enconrarse todo fuera, sin intimidad, y -no obstante- más inaccesible y misteriosa que el penamiento del fuero interno; sin significación, pero apelando a la profundidad de todo sentido posible; irrevelada y, no obstante, manifiesta, teniendo esa presencia-ausencia que constituye el atractivo y la fascinación de las Sirenas" (Blanchot) sacado de "La Camara Lúcida" de Roland Barthes

viernes, 28 de octubre de 2011

Ascenso y descenso


Si no me pregunto por el destino, por la increíble, infinita, e impensable misteriosa ecuación universal por la cual cada vez que subo a uno de estos ascensores no termino aplastado luego de una caída de seis pisos, no es solo por el simple hecho de que no me importa, sino que -y puede que suene lamentablemente autosuficiente- a veces me pregunto...otras cosas-