miércoles, 4 de febrero de 2009

Cositas Brillantes



Breve Introducción

Supe por un documental sobre la guerra-genocida de la triple alianza entre paraguay Brasil y Argentina (1864-1870), de una historia magnifica.
Esta trata sobre una pareja de ancianos paraguayos, ambos pisan lo 80 y tantos y viven en un pequeño pueblo cerca de Curupayti, lugar que fue testigo en 1866 de una de las peores masacres conocidas de la historia de América. Ya que cuándo la intención de un conflicto bélico es imposibilitar a un pueblo ostentar el patrimonio de ser una potencia económica e industrial, como lo era Paraguay durante toda la primera mitad del siglo XIX, arrasando sus tierras junto con casi toda su población masculina, no se habla de guerra, sino de genocidio.
Como decía, gracias a este documental conocí la historia de dos ancianos que evidentemente son de los pocos que recuerdan las historias de la guerra tal y como la vivieron sus padres, es decir, que son el ùltimo puente vivo con esa terrible historia ya que no la leyeron en los libros de historia, no la vieron en un documental sino que recibieron los testimonios de primera mano, de la propia voz de quienes pudieron sobrevivir a la masacre.



COSITAS BRILLANTES


-“¡historias del taita!”, me decía. “Ya vas a ver, algún día voy a rescatar toditas las cositas brillantes”.
Le creí y me casé. Orita espero. Ahorita solo espero

Natividad estiró su arrugado cuello como un acordeón de cuero curtido; buscaba en la atención de su marido algún gesto de aprobación a sus palabras; pero no, ni la mirada ni la voz de Itaete aparecieron; solo el pertinaz sonido de la pala y la mitad de su lomo que asomaba del pozo. Entonces, bruscamente regresó los ojos al tejido que reposaba en su falda y reanudó su tarea emitiendo largos y cansados resoplidos.
Al chocar entre si, las agujas de madera de Guatambù produjeron un sonido como de mensaje en Morse, tal vez, Natividad no solo trenzaba el hilo verde sentada en su vieja silla de mimbre, sino también, con el sonido de las agujas como si fuese el de una extraña máquina de escribir, Natividad tejía el lienzo de su propia historia,
Alzó los ojos, opacados por las cataratas, como si estuviesen empañados por la humedad del vaho de una boca que suspira contra un vidrio. Y siguió el trazo de los rayos de sol que se arrojaban sobre el lugar, sobre los árboles perlados de colibríes esmeraldas que ya no alcanzaba a distinguir, sobre la tierra negra vestida con las primeras hojas del otoño, sobre el techo de zinc apolillado de la pequeña casa. Era una mirada de esas por las que los espectros de los pocos sueños que aun le persisten se escapan, cansados ente la imperturbabilidad del tiempo.

“Tic tic tic”

-El ya no recuerda como fue exactamente, era muy chiquito, solo le viene a la memoria cuando su taita lo sentó y le contó que siendo aun jovencito, en los años de la guerra, sus padres habían enterrado las cositas brillantes de la familia en algún lugar en estas tierras, porque si los del ejercito las encontraban seguro se las robaban. Usted sabe, aquí había mucho oro en aquel entonces, muchas piedras bonitas; ahorita vaya usted a saber donde están. Pero estar… ¡están!, ¡eso es seguro!, en algún lado enterradas alrededor de esta casa.
Por eso mientras el busca las cositas brillante, yo me siento y tejo, mire ¿ve?.-

El foco de la cámara grabó sus manos marrones, curtidas por el trabajo, surcadas por una red de oscuras venas negras. Y como una actriz coqueta, Natividad detuvo el entrechocar de las agujas para exhibir el tejido de hilo verde que a mi sorpresa y con un poco de imaginación adiviné era la forma de la funda para un almohadón, en cuyo centro aparecía la figura de una flor de Camalote que poseía detalles miméticos demasiado realistas con la planta original, detalles que hubiese creído imposibles de realizar para alguien con el avanzado estado de deterioro de sus ojos.
Luego, las agujas volvieron a su batalla.

“Tic tic, tac tac”

–llevamos mas de 60 años buscando, él hace los pozos y yo espero, ¡si señor!, y ya ha hecho tantos que pienso que ha vivido toditos estos años siempre a dos metros debajo mío, pero todavía no ha encontrado nada, ni siquiera una chapita de la sevenà, solo piedras, y raíces de cedro y Guatambò.-
Nuevamente, sus ojitos lagrimosos giraron en busca de Itaete, pero no encontró ni ese trocito de espalda que antes asomaba. Había desaparecido tragado por su propia búsqueda, y solo brotaban los granos de tierra negra que volaban como bandadas de moscas negras. Natividad suspiró un poco y volvió a chasquear la lengua, antes de que las agujas reanudaran su monólogo.

“tic tic tac, tic tic tac”

-Nunca hemos descansado, no señor, nunca, y jamás nos vamos a mover de acá. Nuestra hija se fue hace ya dos años, se voló del nidito agujereado, ¡mi linda Anahì!. Nunca le gustó la vida de por acá, decía que no íbamos a encontrar nada, que todo esto es una ilusión, una locura; que ya nada queda en este lugar mas que tristezas, muchas tristezas y mosquitos…así que se fue a Asunción a estudiar para veterinaria, pero como no le hemos podido mandar dinero, tuvo que abandonar, ahorita trabaja en una fabrica de curtiembre de cuero, y también de empleada doméstica, porque sino no le alcanza para vivir., Según me dijo el año que viene tiene pensado irse a la Argentina, dice que una amiga de ella que vive en Buenos Aires le dijo que allá se gana bien, entonces me dijo que con un poco de esfuerzo va a estudiar veterinaria allá y que no me preocupe que le va a ir bien-.

Buscó a Itaete, pero esta vez para evitar su atención, para confirmar que no escuchaba. Entonces pude adivinarle un nuevo y repentino brillo en los ojos, similar a esa mirada de picardía que tienen los gatos cuando están a punto de abalanzarse sobre una pelota de lana; y estirando hacia delante su albina y arrugada cabecita adherida a ese cuello de tortuga, susurró: -También me contó que está de novia, que por fin luego de tantos años siente que encontró un muchacho bueno que la quiere mucho, ya están haciendo planes para casarse cuando se establezcan en Argentina.
-¿Qué le parece?, al final creo que va a ser muy bueno para ella, tal vez tenía razón y acá ya no hay nada, tal vez es verdad y todo esta muerto, enterrado como las cositas brillantes o a punto de estarlo, como nosotros; bueno, en eso Itaete me lleva la delantera, porque él siempre esta bajo la tierra.- y su rostro se arrugó hasta desaparecer tras una enorme sonrisa desdentada.

“Tic tic tac tac”

-¿Usted quería una historia de la guerra no?, para meterla en su maquina de televisión ¡Pobrecito!, al final se encontró con dos viejos que buscaron toda sus vidas las cositas brillantes que quedaron atrapadas de esa época, como si Tupa no nos las quisiera devolver, yo pienso que es como un castigo ¿ve?, como si nos dijera, esto es mío, ustedes no lo supieron cuidar, tuvieron su tiempo, tuvieron mis cositas brillantes , y luego no supieron cuidarlas, descuidaron mi tierra, a mis hijos, ustedes no merecen mis riquezas y así fue como todo quedó enterradito, escondidito para que nunca mas lo encontremos. Así las cosas después de a guerra.

Natividad, tejía, y las agujas replicaban como un nuevo reloj, uno que marca las vidas con un tic tac mas imperfecto, menos mecánico, o mejor dicho de una mecánica distinta. De sus labios todo el tiempo que estuvimos filmando no salió ni una sola palabra, ni un solo sonido excepto un intrascendente chasquido, seco, que contrastaba con los sonidos de la selva pero se acoplaba perfectamente al del reloj-maquina de escribir de sus agujas de Guatambù.

“Tic tic tic tac tac tac”

¿Lo guardó todo en su maquina de televisión?, ¡que lastima que yo no tenga una televisión;, tuve una un tiempo pero luego se estropeó y ahora además no me queda mucho por ver y si por escuchar. Así que prefiero el canto de los pájaros, del agüita del río, del viento cuando se hace de noche y también, y es lo que mas me gusta escuchar, la pala de Iitaete; porque es un sonidito de esperanza, como en los sueños que siempre me vienen cuando duermo, un sueño en el que va a saltar del pozo en un grito, -¡Mi Natividad, mi Natividad!, aquí están sus cositas brillantes, mi amorcito mi vidita, aquí están-, y me entrega un beso como de esos que me daba de jovencitos, y me mostraría todo, todito ,las cositas que brillan como pequeñitos soles en sus manos, brillan como solo en mis sueños pueden brillar.

martes, 13 de enero de 2009

Mariquita


Martín cerraba el puño y con la mirada fija en Nora, su mamá, tímidamente, como sacando las palabras del fondo de una heladera la llamó,
-Ma.
-…
-Ma.
-¿Que pasa Martín?
-Ma, encontré una vaquita de San Antonio.
-¡hay que linda!, ¿donde estaba?
- en las galletitas, subida a un paquete de “Cerealitas”… ma, ¿que hace acá una vaquita de san Antonio, ¿esta perdida?
-no se Martín, tal vez si.
El barullo de voces y bips de cajas registradoras del supermercado, embotaban el breve diálogo. Nora sin más esfuerzo por seguir debatiendo sobre el hallazgo de su hijo, volvió a su rutina de resoplidos por la lentitud en que avanzaba la fila, un tedio que iba en aumento en todos los que se agolpaban con sus changuitos cargados de paquetes de todo tamaño y color.
Martín abrió el puño y contempló por un buen rato las pintitas rojas salpicadas sobre el negro del caparazón del insecto, optó por arrojarlo con toda su fuerza hacia arriba, para darle el tiempo de desplegar las alas y volar seguramente hasta la salida del supermercado por su propia cuenta. Pero el torpe movimiento de su brazo solo alcanzó para que el puntito negro y rojo cayera a los pocos centímetros como una pesada bolita de cera caliente que se desprende de una vela, y con tan mala suerte, que no solo desacertó en el lugar de aterrizaje, el pasillo de entrada a una de las cajas, sino también en la posición; patas arriba.
Martín se quedó mirándola y calculó el tiempo que le quedaba de vida antes que un zapato, de los muchos que pasaban por ese lugar, cobraran su vida; pero el tiempo transcurría y los zapatos apenas si rozaban su cuerpecito, en cambio, para fastidio de Martín, su fila no avanzaba lo suficientemente rápida como para justificar un conveniente desinterés por la suerte del bichito al que había arrojado a esa suerte tan magra.
Nuevamente miró a su madre pero no dijo nada, ambos cruzaban cada tanto los ojos en silencio envueltos por la pegajosa densidad del barullo. Luego observaron a la vaquita que aun pataleaba intentando en vano girar el cuerpo, y mientras esta escena se prolongaba, un frío de angustia corría por la nuca de Martín cada vez que uno tras otro los zapatos pasaban a centímetros de la mariquita pero sin tocarla.
-¿Qué podía hacer?-, pensaba, la decisión ya había sido tomada, el error lo pagaría el bicho con su vida y Martín con la angustia de no haber podido resolver su situación pero eso es todo, seria una torpeza intentar salvarla, -“¿quién haría una cosa semejante?”-. Al pensar esto Martín de pronto sintió que todas las miradas de quienes hacían fila junto a él y su madre convergían como pequeñas y punzantes amonestaciones, -“solo es posible vencer este aburrimiento buscando con que entretenerse,”continuó razonando -“y de seguro que verme a mi tratando de salvar a un bicho insignificante es toda una distracción. Pero por otro lado, ya deben haber visto como la arrojé al aire, y estarán calculando cuanto falta para que quede totalmente destrozada bajo la suela de un zapato, ¡tengo que rescatarla!”-, pensaba, -“pero…ir por un bichito tan insignificante, bichito que por otro lado los hay por millones en todo el mundo y millones de ellos mueren todo el tiempo, en los radiadores de los autos en las rutas o por los plaguicidas, ¿que importancia podía tener esta única vaquita?, ¿Qué tiene esta vaquita en especial que no tengan las miles de millones que mueren todos los días?. Pero tal vez todos hayan visto con que salvaje trato la arrojé a su suerte, tal vez ya me estén condenando silenciosamente, sin siquiera abrir la boca, incluso haciendo las tareas mas insignificantes como revisar sus changuitos, pero en cambio solo un pensamiento estaría circulando por sus mentes-¡él la mató!”.
El ruido de aquellas palabras retumbó en la cabeza de Martín, y se sacudieron aún mas cuando su madre, que por aburrida no perdía detalle de la escena, comentó como para hacer mas llevadera la demora:
- ¡hay…pobre …al final se quedó patas para arriba!.
- “¡Luz verde!”- pensó Martín, y sin dudarlo dos veces camino hasta donde yacía pataleando el coleóptero y acercó muy lentamente uno de sus dedos a las patas que se movían inútilmente como si fuesen las cintas pegadas de un aire acondicionado tratando de asirse al suelo. En el instante en que no hubo distancia entre patas y el dedo, el bicho logró engancharse y con otro suave movimiento Martín lo encerró en su palma sintiendo el cosquilleo de las patitas que se escurrían por cuanto pliegue de piel le significara su libertad.
Sentía las miradas en su nuca, toda la fila había hecho u gran silencio pero Martín se sentía protegido, las palabras de su madre hicieron un escudo protector y ni siquiera los tenues cuchicheos que terminaban en unas sonrisas irónicas pudieron desviar el salvataje.
-¡Ma!, me esta hablando-puedo sentirla través de la palma de mi mano- tiene miedo, pensó que iba a morir aplastada, pensó que me iban a acobardar las miradas de los demás, y que por no quedar en ridículo me desentendería de su situación, pensó que vos tampoco dirías nada para hacerme reaccionar, pensó que la vida es realmente muy corta, tuvo miedo del dolor de un pisotón, y que luego de la muerte no haya nada.
-¿Cuanto es?-
-Ochenta con veinticinco, y por favor si tiene veinticinco centavos se lo voy a agradecer.
-ma… me escuchas?, si todavía la siento temblar.
-no, no me quedan monedas, lo siento es terrible la falta de monedas.
-ma…me miran.
-si, no hay monedas por ningún lado.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Torre de babel


Torres de marfil, de jabón, de incienso, de corcho, de látex, de cemento o de hormigón, de madera balsa, de madera dura, de tela, de alas de mariposa, de arrullos maternos o paternos, torres de colores, torres de papel, de celofán verde, rojo o amarillo, torres de neon con ascensores supersónicos, torres de hielo, de nieve, de fuego, de aire. torres tan altas como la mirada...y aun así... dios sigue allí, sentado en su trono, sin sentir la cosquilla de nuestros dedos bajo la planta de sus pies.

lunes, 8 de diciembre de 2008

FRONTERA



Amanecí en un nuevo lugar, exactamente en el límite con la muerte.
al otro lado, a tan solo unos pocos pasos de distancia, tras la línea de la muerte no había más que la continuación del desierto que mis pies pisaban. Me pregunte entonces ¿cual era el misterio?, ¿que nueva situación sería esa?, ¿por que ocupar los minutos y las horas de mi tierra en prepararme para vivir del otro lado, ¿para que transcurrir con la intensidad de una tormenta, con la sal y las lagrimas macerando durante años en mi boca?.
Decidido a resolver este misterio y verificar que el fin de mis miles pasos no son mas que el paso numero uno, que el espejo que refleja es espejo y es imagen a la vez, tomé una piedra entre mis dedos y la arrojé con todas mis fuerzas hacia el otro lado de la frontera. Pero el guijarro, luego de varios tropezones quedó ahí mismo, mudo, y estático. Entonces al ver que nada comprobaba, tome un pájaro que se había posado en mi pecho y lo arrojé también al otro lado de la frontera. El ave, luego de unos pocos revoloteos fue a posarse justo al lado de la piedra que antes había arrojado. Como nada de esto me consolaba, tomé un impulso de mil infiernos, retrocedí mil pasos y luego tomando carrera volví sobre estos hasta que justo en el borde, exactamente en la línea fronteriza pegue un salto enorme y caí junto a la piedra y el pájaro, levantando una gran polvareda.
pasaron unos instantes o una eternidad, y cuando el polvo hubo descendido, cuando la excitación por el salto se hubo aplacado, comprendí que nada sucedía. Y allí quedé, estático, esperando junto al pájaro y a la piedra, volver a la vida.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Franela Amarilla


“¿Cómo hago para entender?”

-cuando mi marido murió yo quedé a cargo de las deudas, y mirá que eran muchas. Yo no pensé que era tanto, porque mi marido me decía que tenía todo anotado, encima el abogado no me dijo como le tenía que hacer a las cosas. Pero bueno, decí que tengo fuerzas para trabajar que ¡si no!. Ahora yo pienso que si no tuviese la pensión de mi marido no se que haría, y no es por mis hijos, ellos me ayudarían, pero yo no le saco el pan de la boca a nadie y menos a mis hijos, mientras tenga fuerza ya lo dije siempre ¡trabajo!, como me decía una amiga que se había venido de Bolivia, -hay Estelita, ¡vos tenes una energía, pareces una pendeja! Vas por acá, te colgás de allá para limpiar no se como hacés; y yo, dije que mientras tenga fuerza y con la pensión de mi marido iré juntando la plata para pagar las deudas y así poder tener mi jubilación.-

“¿Como entender?”

-Y mira que por más que hago el esfuerzo, no puedo entender como se me vino a ir justito ahora, justito que tenemos tantos problemas, yo mirá que no es por las cosas materialistas, porque lo extraño, y eso no se paga con nada, pero justo ahora se lo vino a llevar diosito.-

“¿Cómo hago para entender?

-Entender-, me dijo, y sus manos que fregaban un plato como si quisiera lavarle hasta las entrañas se apoyaron en el borde de la mesada. –Entender- me dije, y la espuma descendía desde las manos hasta la puerta del tacho de la basura del mueble como una lava blanca, que resbalaba hasta formar pequeños grupos de burbujas en el piso”.

-justo ahora, en fin así es la vida ¿no?, hay que seguir, por eso te digo que no pierdas tiempo, porque todo se vuela, como esta espuma,- y posó su sandalia de goma sobre el cúmulo de espuma amontonado en el suelo, como una pequeña pirámide de burbujas - así de rapidito.- sentenció.

“¿Como entender?”

-a veces le hablo y le digo, che negro, ¿justo ahora?, ¿que te pasó?, ¿te aburriste de tu negrita?, pero bueno, viste como es esto, al final como no tengo respuesta le termino rezando y pidiendo salud para mi y mis hijos, pero mas para mis hijos que para mi, porque yo la verdad es que ya me siento una molestia.
Bueno, ya hablé demasiado, mejor limpio el baño porque si sigo hablando se me va la mañana-.

Intenté alcanzar una palabra pero me quedé con el mate entre las manos. Estela saco del cajón de los trapos una franela amarilla y se fue dejando las marcas húmedas de las sandalias de goma luego de pisar la espuma que aun persistía en el piso de cerámico azul.

“¿como voy a entender?”

Dejé el mate en al mesada y camine por la casa buscando la mochila y algún libro para el viaje hasta el trabajo, un libro que de seguro ni miraría, trabado en tratar de entender, mientras miraba el paisaje cotidiano desde la ventana del colectivo.
Al pasar por el pasillo, mire por la puerta entreabierta del baño y ahí estaba, parada frente al espejo. Su ancha y pesada mano apoyaba sobre el cristal el paño amarillo pero ningún movimiento ocurría, solo estaba ahí, contemplándose el rostro haciendo dialogar su mirada con la del reflejo.

¿Entender. Cómo es posible?.

Tal vez solo ahí. Ante uno mismo, en un baño, reflejado como si fuese una extraña película conocida de memoria y desconocida a la vez se produce el único instante de verdad. Tal vez justo ahí, cuando en silencio la imagen dialoga con la historia que somos y a su vez con las imágenes que fuimos, tal vez ahí está la respuesta. Tal vez solo ahí comenzamos a entender.

sábado, 4 de octubre de 2008

"El cuerpo se me va de las manos"


“El cuerpo se me va de las manos”, escribí en el cuaderno de tapas verdes la mañana en la que desperté y horrorizado vi como mis uñas habían quedado regadas en la blanca sábana de lino. No hubo dolor o estremecimiento, había dormido placidamente, sin el menor sobresalto, pero esa mañana, todas mis uñas, las de manos y pies yacían como pequeñas y dobladas cáscaras de barro reseco por el sol.

“Gregorio Samsa” pensé todabía envuelto por las volutas del sueño, “me estoy convirtiendo en una cucaracha”. Unos minutos medité aquella extraña idea, pero me pareció absurda, no había una metamorfosis, mi cuerpo seguía siendo mi cuerpo, como siempre. Esto no parecía un cambio, sino mas bien una perdida, y el consiguiente reino de la angustia que dicha pérdida provoca. Era como esos sueños de Mariana, que la torcían en un espasmo noche tras noche, agarrandose la boca y musitando con un susurro sofocante -“no, no, ¡por dios!, se me caen los dientes”.-

Mis manos y pies no tenían rastros de violencia, no había sangre, ni carne abierta, y ni siquiera mostraba rastros de haber sido el sostén de lo que ahora solo era basura para sacudir. Solo sentía la leve extrañeza de alguien que va al peluquero después de mucho tiempo y libre del pelo recien cortado siente un desamparo y una liberación. Eso era todo, “una levedad”, como si mis manos fuesen ahora más ágiles, mas libres sin esos objetos (restos de nuestros antepasados animales) que la naturaleza se empeña en sostener en el cuerpo, igual que las figuras en los cuadros de Dalí sostenidas por la fuerza de largos bastones.

Mi hermano, el eminente jefe del policlínico pronunció las palabras que sonaron como la largada de una carrera demencial -"quedate tranquilo, vamos a investigar"-. De ahí en más, aparatos de todos los tamaños y formas, licuefacciones de brebajes saturados de calcio, radiografías, tomografías computadas fueron amontonando semana tras semana infinidad de estudios. No descartaron ni siquiera las inquisiciones psiquiatritas sobre si mi vida de bancario resultaba estresante o si las recientes muertes me había afectado de alguna manera que yo no sospechaba.

La conclusión no podía ser mas desoncertante, se escribió con letra de oro bordeada de unos verdes y resplandecientes laureles de academia (por lo menos así lo imaginaba yo): “el paciente no presenta ningún tipo de anomalía, los estudios de fluidos, tamaño de órganos, calcificación, se encuentran en los niveles normales para su edad.se propone posible trastorno de ansiedad, se recomienda seguir con un tratamiento a base de calcio, vitaminas y se recomienda unos días de descanso a fin de esperar la evolución de este caso”.
“Esperar la evolución” me repetía al mirar las uñas pacientemente depositadas en un platito de cerámica blanca que Mariana había comprado en Ecuador. Una y otra vez rumié aquellas palabras, “esperar la evolución”.

-“vos no sabés lo que es esperar, no tenés idea” gritó Mariana, y en un gesto de furia, arrancó de su cabeza el brillante pañuelo de seda verde que le había regalado, y me mostró su reciente calva post quimioterapia.

¿Como no voy a saber esperar?, ¿como no voy a saber de que se trata?, si todo desde la enfermedad, se había convertido en una espera, un permanente estado de víspera.
“La espera” pensaba “esa tomenta de ansiedades que el tiempo impone al niño sentado al borde de la cama, que balanceando las piernitas espera a Papa Noel y sus regalos, al adolescente que entre paja y paja espera liberar su cuerpo de la mortaja social de moral y buenas costumbres. o al adulto colgado ya de su vida responsable a la espera, siempre listo y recién bañado, de la muerte en el umbral de su casa.

II

“El cuerpo se me va de las manos”, escribí nuevamente en el cuaderno de tapas verdes sosteniendo al lapicera entre mis palmas, justo abajo de las mismas palabras que me inspiraron las uñas desparramadas, cuando descubrí mis manos y los pies mas ligeros que de costumbre, y a medida que la vigilia le ganaba terreno a la ensoñación, sentí unos rollitos tibios, desperdigados por la cama. Mi sorpresa trocó en espanto al ver que mis manos ahora eran solo dos muñones que tocaban mis dedos amputados, parecidos a unas pequeñas salchichas de copetín que rodaban libres por los pozos que el peso de mi cuerpo infligía al colchón.

Al igual que con las uñas, no había ningún registro que pudiese explicar el motivo de tal disgregación. No había restos de sangre, los muñones no presentaban ningún tipo de evidencia de la separación, la carne estaba perfectamente cicatrizada (si es que en algún momento cierto tipo de herida se hubiese producido).- me estaba separándo- pensé, -“Estoy desapareciendo, se trata de eso ahora solo queda esperar. Es inútil cualquier tipo de oposición, la ciencia no va a poder resolver nada”-. Mi cuerpo se estaba desarmando como un panadero al que una brisa lo desmiembra por los aires a la espera de que una lluvia haga germinar las pequeñas semillas adherida a cada pedazo. No había nada mas que hacer, en un corto período pequeñas mañanas tendría que aprender a despedir cada parte caída.

“-¿Donde estará el alma?-”, pregunte a Mariana en el hospital. -Imaginate que nos fuéramos cortando pedazo a pedazo el cuerpo, cual crees vos será la parte en la que…-”
“-En los sueños-”, recuerdo interrumpió sentada en la cama, su cara gris temblaba bajo la luz del tubo fluorescente de la habitación, “-donde estén los sueños, ahí va a estar el alma-”, repitió.

Mariana murió mientras yo dormía sentado junto a su cama; mi padre pocos dias después. y la vida a fuerza de una inercia colectiva que empuja solo aquello que se mantiene en pié se reencauzaó por los senderos de la monotonía, como el mar que con su movimiento regresa a la normalidad la porción de agua sumida en una súbita quietud por el paso de un buque.


III

“El cuerpo se me va de las manos”, quise escribir en el cuaderno de tapas verdes, la mañana que desperté y brazos y piernas ya no se movían . Me quede ahí tumbado con el tronco dirigido el techo, esta vez no quise mover la sabana, mi cuerpo estaba seguramente desmembrado tras su manto, no tenía sentido verificar lo que era ya evidente. Tenía necesidad de tomar un somnifero y dormir las mañanas que restaran, hasta que el proceso estuviese completo. Siempre tuve problemas con procurarme alguna distracción que acortara la espera de las distancias cuando viajaba de un lado al otro del plantea, buscando acreedores que sostuvieran el banco a mi futuro como directivo, y en definitiva el tratamiento de Mariana, que se había convertido en mi único plan de matrimonio.

IV

"El cuerpo se me va de las manos" soñe escribir en el cuaderno de tapas verdes. En el instante mismo que una mano blanca como la leche empujó la puerta y pude reconocer a Mariana que venía a sacarme de la cama.Con un agil movimiento retiró el cobertor de plumas y por último la sabana de lino que cubría mis restos. Su cuerpo parecía flotar, mecida por la luz brillante del sol de la incipiente primavera, y sonriendo sacudió los restos de mi, que como un muñeco roto por manos infantiles volaron por toda la habitación. Incluso mi cabeza rodó por el suelo hasta prederse en uno de los rincones.
La espera había terminado. Todavía afectado de esa sensación extraña de levedad sentía mezclarse todo en una corriente deforme y de una expansión inaudita: el olor de la mañana, la blancura de su cuerpo, sus parpados llenos de vida lamidos de una exquisita serenidad.
Giró muchas veces alrededor de la cama como si buscara algo, hasta que al fin, al encontrar mi mirada perdida en el rincon, dibujó una sonrisa traviesa en su rostro, se arrodilló apoyando los brazos en el el regazo luego acercó sus labios hasta casi rozarlos con mi oído izquierdo y susurró.
“En los sueños querido, está en los sueños”.Un segundo despues quitó el pañuelo de seda verde que aun cubría su cabeza y liberó sus cabellos; los mismos que recordaba abrirse delante de mi rostro todas las mañanas, unos cabellos que como una marea de color roja jugaron con mis ojos mientras me cosquilleban la nariz.

jueves, 2 de octubre de 2008

PROPUESTA DE GUION (TERCERA Y ULTIMA PARTE)


(Llega Bartolomeo al pueblo de Carolina, tras preguntar a un hombre que fumaba en la puerta de su casa una pipa, el paradero de Gabriel el medico del pueblo, este le indica como llegar hasta la casilla sanitaria ubicada cerca de la iglesia.)

Al llegar a la casilla sanitaria el escenario no podía ser mas desolador: Gabriel, no solo resultó ser el único médico de la zona, sino también el único camillero, enfermero, conductor de ambulancia y mecánico. Estaba cumpliendo esta última tarea tragado por la capota del motor, para poder reparar algún desperfecto. Pero yo no estaba ahí para hacer un informe sobre el mal estado de la sanidad en la localidad, yo estaba por otra cosa, la mas importante y esta era el hecho de que Gabriel había sido el que encontró al chico en el medio del campo, a pocos metros de donde la policía encontró los cadáveres.

Me acerque despacio, y aún tragado por la parte delantera de la ambulancia pero evidentemente habiendo escuchado mis pasos hizo un ademán con la amno y me pidió una llave inglesa que había dejado en el borde del asiento delantero del conductor, se la alcancé e inmediatamente comenzó a producir unos ruidos metálicos dentro del motor, luego giró su tronco saliendo de esa caverna mecánica y se me quedó mirando.

.-es usted Gabriel el médico?

-haceme el favor,-respondió- Pasáme la francesa ahora, es la que está a tu izquierda

Yo baje la mirada y efectivamente a mi izquierda sobre un taburete de madera de algarrobo había una caja de herramientas, dejé la cámara en el suelo, busqué la llave francesa y la puse en su mano que había dejado extendida todo ese tiempo.

-bueno listo- dijo cerrando con un fuerte golpe la capota- espero que tire una semanita más- y girando sobre su tronco nuevamente extendió su mano negra de grasa. –hola, soy Gabriel el médico de la zona y como podrás ver hago sueldo extra como mecánico.-

-mucho gusto soy...

-Si ya se, el de la tele, a ver dejáme que me acuerde, Bartolomeo...bueno no recuerdo el apellido. Y supongo que venís por lo del pibe ¿no?, un gusto me llamo Gabriel.-

-si, efectivamente estoy haciendo un informe sobre lo que dijo cuando lo encontraste. Aquello de la luz mala. Vengo a consultarte a vos por tu condición de médico, supongo que sos la voz de la ciencia, porque acá lo único que me dicen son historias de aparecidos y que la luz mala acá no es mala sino que es buena y ya sabes como es la gente de estos lugares.

-si se como son, pero no te confundas, a veces hay cosas que no se pueden explicar.

-"la mierda,-pensé-“ no me digas que vos también sos de creer en fantasmas"-

-pero seguro que vos estas acá para escuchar cosas razonables; mirá Barto, ¿te puedo llamar así?, -hice un gesto afirmativo y el prosiguió- tengo dos historias para contarte y voy a empezar por la que querés escuchar, así que si querés encendé la cámara.

El sábado recibí el llamado como a eso de las tres de la mañana, querían que fuera a la comisaría, no a prestar mis servicios como medico, sino como forense, para que certificara la defunción de los tipos, ya que querían llevárselos a la ciudad para hacerles la autopsia. Me subí a la ambulancia y cagado de sueño como estaba, porque había estado desvelado, encaré por la ruta hasta Fraga. En mitad de la ruta, un toque antes del cruce para entrar en Fraga tuve un desperfecto técnico y pegue un volantazo, me subí a la banquina y ahí avancé unos metros atravesando el campo unos pocos metros. Cuando se paró la ambulancia, me di cuenta que estaba alumbrando al pibe, estaba delante mío, parado en el medio del campo con las luces rojas de la sirena parpadeando sobre en su rostro. Como verás la imagen no fue muy agradable; parecía esa película...¿como se llama?, la del libro de Stephen King...ha si!, Carrie. Y el pibe lo único que decía era "fue la luz mala, la luz mala". Lo calme, lo subí a la ambulancia y me lo traje al policlínico. Eso es todo.

Pero dije que había otra historia, ahora, no se si querés que te la cuente, no quiero que pienses que soy uno mas de los que creen en fantasmas.

-contamela por favor, yo no pensé en nada.-

-Te dije que tuve un desperfecto con al ambulancia, la verdad es que cuando estaba andando en al ruta de repente una luz se me vino encima. Era muy fuerte, plateada, como una dicroica enorme. Recuerdo que pensé en un camión Escania cuyo chofer estaba totalmente borracho o dormido y me tiraba el camión encima. Por eso pegue el volantazo y fui a dar justo frente al pibe, por fortuna no traía ya tanta velocidad, sino me lo llevaba puesto.

la cuestión es que cuando frené, gire la cabeza a ver el hijo de puta que manejaba el camión, pero en la ruta no había nada, ni rastros de que nada hubiese pasado por ahí mas que yo.

Pensá lo que quieras, pero eso es lo que ví. De no ser por aquella luz, al pibe no lo encontraba nadie.

-bueno te agradezco tu testimonio, ahora decíme, ¿puedo hablar con el pibe?. Creo que se llama Joaquín no?

-si, bueno fijáte andá al policlínico, esta a cuatro cuadras de acá por esa calle, te vas a dar cuenta porque la mayoría de los pacientes están haciendo cola.

-ok. te agradezco

-para servirte.

Avance las cuadra y efectivamente llegué al policlínico, al llegar tuve que hacer unas gestiones con el director para que me permitiese hacer la entrevista, el pibe ya estaba recuperado, me contó que no tenía nada, solo el impacto por la muerte de su padre y su amigo, pero que no recuerda nada.

Al llegar a la habitación recordé por que los hospitales siempre me habían provocado nauseas.

-hola, vos sos Joaquín ¿no?

-hey yo te conozco, vos sos el de la tele el del programa de misterios. he!, pero yo no quiero que me tomen por un loco. ¿Quien te dejó venir?.

-el director del hospital

-ha pero que bien!, bueno supongo que lo hacen por publicidad de todas formas ya me estoy yendo.-

-decíme Joaquín te puedo hacer una entrevista?

-mirá, ya dije todo lo que recuerdo, si querés hacela pero no te voy a poder ayudar mucho, estábamos mi viejo, Juan su amigo y yo, habíamos llegado a ese paraje en el medio de una zona de yuyales altos, sabíamos que por ahí andaban unos ciervos. Nos agachamos tras un montón de pasto alto y cuando sentimos un movimiento nos paramos, los tres teníamos las carabinas listas. Después de eso lo único que recuerdo es una luz incandescente, no se, luego dos disparos y una luz pero esta vez roja que me iluminaba la cara.

Después de la luz roja ya son solo imágenes sueltas, veo esta habitación y un montón de gente a mi alrededor, y me cuentan que mi viejo estaba muerto. –al decir esto ultimo su adolescente vos se quebro en un sollozo ahogado, y sin sacar las manos de su cara recriminó mi presencia- No se, mirá me parece que no deberías estar acá, no quiero que me entrevistes por favor andáte.-

Salí del hospital, me subí al coche, y llamé a Julián

-bueno ya está tengo las entrevistas, es una locura todo esto, te cuento cuando llegue. prepará que armamos el programa en cuanto llegue.

La luz mala, la luz roja...es evidente que esa luz era la de la ambulancia, cuando Gabriel dió con él en medio del campo.

La ruta estaba totalmente vacía, me repase una y mil veces los testimonios pero nada claro se me venía a la mente. En tanto se hacía de noche, y a medida que avanzaba por la ruta se repetían en mi cabeza las imágenes de quienes habían hablado conmigo, ya editaba mentalmente el programa. No se, era todo muy extraño, una luz mala, una luz buena, indudablemente el imaginario de estas personas está lleno de estas cosas, una luz que hace milagros y otra capaz de matar a dos personas, enloquecerlas hasta el punto de llegar a asesinarse.

Necesitan ver estas cosas, en un lugar donde nunca pasa nada, necesitan ver estas luces y explicar su mundo desde ellas. Una luz que salva a alguien en una mina, otra que salva a un pibe en estado de shock en el medio de un campo.

La luz mala, la luz buena. Lo de siempre, solo un mito rural, ¡que pelotudez!


(se suceden las imágenes de las entrevistas, en cámara lenta, sin sonido, como si fuesen los recuerdos de Bartolomeo intercaladas con imágenes de la ruta que esta transitando en un momento una luz enorme empieza a írsele encima, cada vez mas grande hasta que la luminiscencia cubre toda la pantalla)

Fundido en blanco

Se disuelve lentamente y aparecen nuevamente las imágenes que recordaba Bartoloméo, las mismas escenas de las entrevistas, pero esta vez proyectadas desde un televisor.

La cámara se va alejando y quien mira las imágenes es uno de los que han sido entrevistados, luego la cámara cambia a otra casa, otro televisor y otro de los entrevistados viendo las imágenes y así con todos los que aparecen en la trama, todos están en silencio mirándose, mirando la luz del televisor que parpadea ante sus ojos.

Cierra nuevamente pone el título

LUZ MALA

Fin