domingo, 12 de septiembre de 2010

Amelia.


Amelia.


Mis queridos sobrinos Mel y Zoe: esta historia que les voy a contar fue real, tan real como el sonido de mi voz, como el palpitar de nuestros corazones y la sangre que corre por las venas. Mi queridísimos sobrinos; a veces creemos que nuestro mundo, y lo que llamamos “la realidad” transcurren en una línea de tiempo y espacio inamovibles, en un único sentido. Como si desde que naciéramos solo transitáramos este único sentido, pensando solo en el futuro, en lo que nos falta por vivir, pero ignorando que tras de nosotros, por debajo, a nuestros costados e incluso por encima nuestro, un inmenso universo de caminos paralelos se expanden como un racimo de uvas, o como los rastros de agua que las gotas de lluvia dejan al resbalar por el vidrio de una ventana, en una tarde tormentosa. Caminos, senderos pasajes que algunos estudiosos han llamado dimensiones, de las que muy poco sabemos. Las dimensiones que desconocemos están ahí, realidades invisibles a nuestros pobres sentidos están ahí, sujetas a otras formas de tiempo, a otras estructuras físicas, pero tan cerca de nosotros que basta el leve soplo de un viento en la noche para que se crucen con nosotros y nos abracen el cuerpo con sus misterios.

Y es precisamente, esto lo que aprendí del personaje de nuestra historia. Anselmo Gutierrez tal es su nombre, un desgarbado peón de estancia en la localidad de Concarán, bien cerquita de la casa de ustedes en Merlo- San Luis.
Pero para que puedan mis queridísimos Zoe y Mel entender cabalmente esta historia, he de referírselas desde el comienzo mismo y con todos sus detalles.


Como recodarán hace unos días viajé para visitarlos a ustedes y a sus padres, y de seguro recordarán que también por esas necesidades que tenemos los adultos de encontrarnos una y otra vez con nuestros viejos amigos, viajé a la capital de San Luis a reencontrarme a los pocos amigos que aún me quedan del tiempo en que allí viví. Pero lo que no les conté, porque aún no me repongo de la impresión, ni del profundo estado de terror en el que me encuentro y por el que he decidido escribirles este relato, es lo que me ocurrió cuando el colectivo de la empresa “Merlina”, que me llevaba a San Luis capital, tuvo un desperfecto técnico en Concarán y allí quedamos varados por mas de tres horas. Estoy seguro que sabrán lo que eso significa, me refiero a que imaginan el tremendo aburrimiento que se adueñó de mi. Todavía recuerdo como ambos se fastidian toda vez que con sus padres viajamos por esa clase de pueblos, tan secos y llenos de polvo, tan inhabitables en un día de verano como el que me tocó en suerte aquella aciaga jornada, tan caluroso que parecía que toda la villa se estuviese incendiando con todo y población. Pues mí querida Zoe, y mi querido Mel, ahí quedé por más de tres horas.
¿Y que iba a hacer?, ¿que mas puede hacer uno en una situación como esa, con un sol que me abrazaba el cuerpo y en cuestión de segundos enrojecía mi piel como el trasero de un mandril?, solo tuve una alternativa mis amados sobrinos, caminar por el pueblo y recostarme en el primer rincón que arrojara un poco de sombra en el suelo, y dentro del cual dormir un poco. Ustedes me preguntarán por que no dentro del micro, y la respuesta a eso fueron los casi cuarenta grados de esa tarde de infierno.

Debo reconocer que me costó encontrar un buen lugar. La única plaza tenía unos pocos árboles enanos que no servían ni para ensombrecer una baldosa, pero por fortuna la estatua de un ecuestre San Martín o mejor dicho, su caballo, resultaron lo suficientemente grandes como para proyectar una sombra decente, y allí fui a recostarme. Se me cerraban los ojos cuando una parte de la sombra que me cubría comenzó a moverse, y advertí entonces que entre las patas del animal de bronce retozaba un anciano, que me sobresaltó con su saludo gauchesco.
-¡Buenas paisano!
-¿he?, ha si, si, buenas ¿como le va?,- dije al tiempo que levantaba un poco la cabeza para ver a ese personaje que hacía inmensos esfuerzos para que sus cortas piernas llegasen el suelo.
-yo muy bien como verá jovencito, a mi edad una buena siesta es muy necesaria, sobre todo con este calorcito, ¡amalaya con el sol este que nos quiere cocinar vivos a tuitos!, ¿y usted de donde es?, porque… mire que me conozco a todos los de la zona y usted no se me hace conocido, aidemá con esas fachas de citadino a que adivino que viene de guenos aires.
-Adivinó bien, respondí.
-haaa si si si, yo reconozco a un porteño a la legua, jaja, siempre tan modernos, tan apurados y tan gritones, pero usté la verdá es que me parece no encajar mucho en esta descripción o me equivoco?
-no señor, nuevamente no esta usted equivocado, he vivido en la capital de San Luis durante algunos años, así que he perdido en parte las formas poco agradables de los porteños cuando son vistos con ojos provincianos.
El anciano reconoció el retruque y con un gesto de aprobación me clavó una mirada pícara, al tiempo que sus dedos sacaron una bolsita de tela de arpillera cerrada con un cordoncito negro que abrió lentamente.
-venga joven, ayúdeme, ya mis pobres manos están torpes y realmente necesito fumar un cigarrito, por favor sosténgame la bolsita-
Introdujo la mano y del fondo sacó un manojo de tabaco de un hermoso color madera. Era cierto lo de sus manos, aún creo que debía fumar muy poco, teniendo en cuenta que sin mi ayuda le hubiese sido imposible que armara un cigarro que pudiese ser fumado por culpa de su permanente temblequeo.
-déjeme que se lo armo yo- propuse al ver su torpeza, y al instante el anciano me tendió el manojo de tabaco y luego sacó un papel para cigarros.
-a ver- dije, -no se si recuerdo bien como armar un buen cigarro pero haré la prueba-
-mire joven, la verdad es que de seguro le saldrá mejor de lo que a mi-
Mis manos se movieron rápido, en muy poco tiempo podía presumir del hermoso cigarrillo que mis dedos habían formado. En un momento todo se perfumó de olor a tabaco fresco y a chocolate con ligeros toques de whisky.
-Es mi receta especial- agregó el anciano seguramente anticipando mi apreciación olfativa, -es un güisqui del mejor- dijo, mientras pitaba una y otra vez.
-lamentablemente joven mis manos ya casi ni me sirven, luego de tanta tragedia solo soy un montón de huesos viejitos que esperan a que el diablo se lo lleve esta vez definitivamente- y tras decir esto dio una bocanada tan profunda que pude ver como su cuello y pómulos arrugados se contraían por el esfuerzo. Y luego remató -ansina tiene que ser, porque el diablo me anda buscando.
Al arrojar el humo, que me devolvía aun mas intensos el aroma a chocolate y whisky agregó –y usted de por que está acá?, ¿me supongo que no ha venido de turista a este pueblo cocinado por el sol y medio muerto no?-
-no señor, estaba de camino a San Luis cuando el micro se descompuso, así que hasta nuevo aviso tendré que quedarme, y como no he podido conciliar el sueño dentro del ómnibus, porque eso parece una lata de sardinas al fuego, preferí recostarme al aire libre, aunque la verdad parece que no hay mucha diferencia.-
-jajaj, es usted muy divertido señor…
-Nicolás F. y el suyo…
- Anselmo Gutiérrez para lo que mande usted.
-Un gusto Anselmo, y dígame, yo se que es tal vez una impertinencia, pero recién dijo que luego de tanta tragedia sus manos ya no sirven, y quisiera preguntarle sobre esas tragedias, la verdad es que por lo que hablé con el conductor de mi micro, el asunto va para rato, y este calor no va a dejar que pegue un ojo, me gustaría que me cuente.-
-mire joven, yo lo haría, le juro, por tatita dios que se lo contaría todo, pero temo por usté.-
-¿como dice? ¿Por que teme por mí?-
-es que joven, usted no podría comprender, se reiría, lo tomaría a burla, pero le aseguro que esto es cosa seria, los que vivimos acá no nos burlamos de las cosas de dios y del diablo como ustedes en guenos aires. Acá el diablo si se quiere meter, mete la cola, y si quiere, sale a caminar por el pueblo, en formas que ni usted ni yo podríamos ni un poquito imaginar y guai de usté que se lo vaya a encontrar. ¡Guai de usté!.-
El viejo en un instante transformó su cara, ahora su pícara mirada había mutado en un rictus de terror, una de sus manos se aferró a mi hombro como queriendo pretejerme de algún mal inminente, su boca comenzó a temblar y luego de algunos segundos de un silencio sepulcral prorrumpió en un susurro que me heló la sangre: -¡Amelia!, ¡Amelia!-
Tras pronunciar esos nombres apretó sus parpados como si un sabor amargo le hubiese invadido la boca, y así estuvo un buen rato. Al incorporar nuevamente la mirada en mi, agregó sonriendo, como queriendo deshacer ese triste espectáculo digno de un enfermo del Borda –esta bien le voy a contar-.

Sacó la mano de mi hombro y nuevamente se llevó el cigarrillo a la boca, dio dos o tres pitadas y miró fijo al cielo como buscando unas palabras que le eran esquivas desde hace ya muchos años.
-Amelia era mi mujer- comenzó al fin a relatar -mi gran amor. Usté sabe, yo también fui joven alguna vez, hace ya mucho mucho tiempo, y tuve la sangre hirviendo en mis venas, también como usté seguramente creí que el amor podía vencerlo todo, incluso a la huesuda. Pero no, fíjese que no fue, así porque se la llevó igual, cuándo recién andábamos cachorreando. Estábamos a punto de casarnos, ahí mismito teníamos al cura y a la iglesia con fecha, y a tuito el pueblo enterado de la buena nueva pero justito un calambre cerebral me la llevó mas rápido que un rayo, vea que ni tiempo de despedirla tuve, ni un último beso. Hubiese dado mi vida por un último beso.-

El viejo bajó los ojos y dejando escapar un hálito como de globo desinflándose, se recostó donde yo lo iba a hacer un rato antes; cruzó sus brazos sobre el pecho y continuó…

-El dolor me comió todita la alegría juvenil, nunca más quise casarme ni formar nada con nadie, tuve otras amantes y las pobrecitas huían de mi, no había nada que pudiese consolarme. De noche solo pedía al diablo que me sacase de la tierra, no quería otra cosa que del infierno se abriese un agujero y me tragase como las serpientes se tragan a los cuices del campo. Noche tras noche, a la misma hora que se había ido, es decir a eso de las 8:30 mis palabras retumbaban por todo mi rancho: ¡diablo, diablito, por favor sacáme de este mundo, lleváme lejos de acá, no quiero respirar este aire, no quiero disfrutar de la noche, no quiero volver a sentir ninguno de esos placeres, no sin mi Amelia, ¡diablito tragáme de una vez!.
De más esta decir que mis ruegos de nada sirvieron o no estaría acá a su lado joven contándole mi historia. Pero eso no quiere decir que el diablo no me haya escuchado.

El invierno del año 51, exactamente seis años después de la muerte de mi Amelia, jue aquí uno de los peores inviernos que se tenga memoria, no se como habrán estado las cosas por Guenos Aires, pero lo que fue acá, ese jue uno de los inviernos mas crueles, las temperaturas de noche congelaban todo, mi termómetro marcaba por bajo cero todo el día y la leña rápidamente comenzó a escasear por las lluvias y la nieve, así que me veía obligado a caminar los quince kilómetros hasta esta ciudad a buscar leña para mi ranchito.
Uno de esos días, recuerdo muy bien la fecha, seis de junio de mil novecientos cincuenta y uno, me levante, vestí y me trence en la lucha matutina con la puerta principal que tras esas heladas mañanas quedaba atrancada cada mañana por la escarcha y la nieve que se acumulaban. Al desencajar la puerta, un frío seco y penetrante me abofeteó la cara con una ráfaga que perforó mis ojos hasta hacerlos lagrimear. Al mirar el cielo comprendí que una enorme tormenta se avecinaba y que en poco tiempo mas, se levantaría un feroz viento acompañado posiblemente de una buena nevada y ya no pude pensar en los demás quehaceres, sabía que era cuestión de horas para ir en busca de la leña y protegerme en mi choza todo el tiempo que fuese necesario. Usted sabe joven que acá basta con conocer algunos indicios para adivinarle el clima a la naturaleza, es cosa de piel, de olfato y prestar atención a los cambios del aire. Acá de nada sirven los artefactos meteorológicos de la ciudad, todos sabemos que es lo que sucederá con el clima con solo mirar las nubes y escuchar los pájaros.
Sin perder tiempo tomé la carretilla y unas cuerdas para hacer los atados de leña, me abrigué lo más que pude y partí para lo de Don Jara, un ex empleado del ferrocarril que antes pasaba por estas zonas, y que había encontrado una salida al desempleo gastando en una motosierra el sueldo de su retiro forzoso.
Caminaba por el sendero que bordea el río Comechingones hasta el camino que conduce al pueblo, cuando a unos pocos kilómetros de mi casa, la tormenta comenzó a soplar. Y fue entonces, joven, que escuché algo que interrumpió mi andar apresurado, algo que rompió el silencio de aquel paisaje como si fuese el ruido de un palo seco al quebrarse. Se trataba de una voz profunda, casi como un susurro que yo al principio imaginé salía de mi propia y atormentada mente, pero que luego, no cabía dudas era pronunciada fuera de mí. Salía de entre las copas de los árboles que se zarandeaban al compás de la gélida correntada; pero no era ese fenómeno, salido de la garganta de vaya uno a saber quien lo que me estremeció, sino que la maldita voz, repitió una única palabra que me heló la sangre, una palabra que salió disparada en aquellos parajes pintados de gris plomizo. Una sola palabra que se expandió funestamente sobre mi cabeza como una maldición. La palabra, mi querido joven, que jamás podré olvidar, era ni más ni menos que el nombre de mi amada muerta: ¡Amelia!, ¡Amelia!.

-¡quien es!, ¡¿quien anda ahí!?-grité con todas mis juerzas, aunque mi voz salió entrecortada, como si el grito se me saliera más desde el dolor que del pánico. ¡¿quién se atreve a torturarme de esta manera!?, y unas lágrimas heladas por efectos del viento, comenzaron a correr por mis ojos y mejillas.
Yo entonces, como le dije, era un muchacho joven y bien formado, así que no lo dudé, y a pesar de mi desolación, me envalentoné e hice frente al punto cardinal del que creía salía dicha voz, pero nunca acerté, y cuando me dirigía al este, ¡Amelia! oía en el oeste, y cuando giraba al oeste, ¡Amelia! en el este repetía aquella endemoniada voz. Hasta que vencido me arrojé al suelo en cuclillas, y recé por mi alma y la de mi amada tapándome los ojos con mis brazos.
Me pareció estar así un siglo. Para cuando abrí mis manos y las alejé de mi, la voz había callado. Solo interrumpía el silencio, el fino silbido del viento que se cortaba entre las ramas de los árboles.
Mire enderredor, y nada, ni voz, ni ningún otro sonido que el viento chillando como una canción triste y oscura en mis oídos. Me incorporé y proseguí mi camino. Al llegar le compré a Don jara los fardos de leña y todo en un profundo silencio, solo pronuncie las palabras ¿Cuánto es Jarita? Y nada mas hasta llegar a casa con la tormenta que comenzaba a descargar su furia de viento y nieve.

La temperatura había bajado mucho para cuando llegue al rancho, pero tanto mas bajaba, mas grande yo hacía el fuego en el hogar. Aquella fue una tormenta terrible, parecía querer acabar con tuito el mundo, una tormenta poco común en esta zona. Eso provocó que me inquietara sobre todo con los ruidos, como cuando los postigos de una ventana que se habían zafado, se sacudieron y golpearon contra los muros hasta casi quebrarse de no ser por mi rápida asistencia. Pero mi querido joven, lo que ocurrió después, exactamente a eso de las ocho y media de la noche fue una de las experiencias más aterradoras de mi vida, y aún tartamudeo cuando los recuerdos afloran a mi mente.

Avivaba el fuego cuyas llamas ascendían ya por la boca del hogar, cuando un viento se coló por el túnel de la chimenea emitiendo un sonido espeluznante, nuevamente la voz que había oído en mi camino hasta el pueblo emergía ante mí. Nuevamente oía con toda claridad el nombre de mi amada Amelia que salía de entre las llamas como antes lo hiciera desde las copas de los arboles, solo que esta vez no podía confundir la dirección de aquella infausta voz, ¡Amelia!, ¡Amelia!: Salía de entre medio de las llamas.

Aun con un leño entre mis manos, solo pude estrujarlo contra mi pecho, y caer hacia atrás como empujado por un vaho caliente que sopló del fuego, como si un gigante al que se le incendia el estómago, hubiese suspirado y arrojado su hálito infernal contra mi. Sentado sobre la alfombrita que decora el piso de madera añejada de mi rancho, miraba hipnotizado por el terror el fuego del que lentamente comenzaron a ascender unas llamas extrañas, como si el cabello de una mujer volara de entre sus volutas incandescentes. Un cabello que a cada instante me resultaba sumamente familiar, hasta que por fin, un rostro fue figurándose, y ya no había dudas. Era el de mi Amelia.

Grité su nombre, ¿Amelia sos vos?, ¡Amelia!, ¡Ameliaaa!. Estaba como loco de alegría, terror y remordimientos ante aquella aparición, y miles de pensamientos se atropellaron en mi enloquecida cabeza, al tiempo que ella danzaba entre las llamas, sin inmutarse por el ardor que yo creía seguramente le infligían a su carne. Aunque en poco tiempo me di cuenta que hasta estaba disfrutando ese lugar como quien disfruta en un baño el aguita caliente.

¡Amelia!, ¡Amelia!, continué, hasta que por fin logré que me mirara, que sus hermosos ojos azabaches negros como la noche, tan hermosos como los higos maduros se posaran en mi atormentado rostro, me miraba fijo, ya no se movía al compás de las flamas sino que lentamente extendió los brazos y comenzó a llamarme por mi nombre, con esa voz que reconocería en una multitud: ¡Anselmo!, ¡Anselmo no estés triste!, vení, tomá mis manos, acercate por favor, te he extrañado mi amor, te he extrañado mucho.

No pude resistir mis impulsos, fue un arranque de locura que me arrastró sin pensar hasta sus brazos, sin importarme incendiar mi cuerpo, consumirme, hasta ser solo unas poquitas cenizas. Nada me importó joven, quería solo irme con ella, desaparecer de este mundo gris y ser lo que ella era ahorita para mi: solo un recuerdo. Pero en el mismísimo instante en el que mis brazos traspasaron las llamas, su hermoso rostro se esfumó entre mis dedos para convertirse en un rostro inmundo salido de las entrañas del infierno. Su peste a azufre inundó mis fosas nasales al tiempo que sus garras se habían apoderado de mis antebrazos forcejeándome para caer en el centro de la hoguera. Aún conservo el recuerdo de esas espantosas garras que hervían como dos hierros al fuego vivo. El dolor que sentí al verlas aferradas se mezcló ahí mismito junto con un aroma dulzón de carne quemada, en tanto yo gritaba y forcejeaba para zafar, el dolor y el olor se fueron apoderando de todo mi ser.
El inmundo engendro repetía con su gruesa voz: ¡vos me llamaste Anselmo, Vos lo pediste!, ¡ahora te venís conmigo!.
-¡Diablo inmundo!, grité, y pegue un salto gigantesco, no se de donde saqué juerzas pero mi cuerpo terminó en el medio de la sala, tirado nuevamente sobre la alfombra, con los brazos humeantes y totalmente quemados.
Entre el fuego, la bestia se me quedó mirando, ya no habló más, pero sus ojos petrificados bajo sus enormes cuernos de carnero no me perdían movimiento. Yo no sabía que hacer y me quedé ahí nomas, aguantando no gritar de dolor para no mostrar debilidá, ya sabía por los cuentos de los viejos que ese es el signo de los que se pierden, por lo que allí estábamos los dos, mirándonos como dos fieras a punto de abalanzarse y destruirse, entonces sucedió lo inexplicable, la bestia comenzó a silbar una melodía muy hermosa, ¿sabe que joven?, estaba entonando una chacarera y repetía la estrofa:

…El diablo me anda buscando
no me encontró,
parece que yo le debo
un alma o dos…

Y tarareando esas estrofas se fue desvaneciendo de entre las llamas como el solcito al atardecer. La tormenta siguió toda la noche, y en todo ese tiempo no me animé a bajar mi guardia, ahí nomás me quedé, tirado en el medio de la sala a esperar que el fuego se apagara solo, eso sucedió cuando los primeros rayitos de sol comenzaron a filtrarse por los agujeritos de las ventanas.


Y ese fue el relato de Anselmo mis queridos sobrinos. Imagino, mientras escribo estas palabras, se estarán preguntando si lo que me contó este viejo, en ese rincón de sombra esa tarde fue real. No se preocupen, yo mismo me hacía esa pregunta cuando el viejo, agotado por los recuerdos y el sofocante sol de la tarde me pidió disculpas y nuevamente subió a la estatua a recostarse entre las patas del caballo de San Marín. Yo me quedé sentado, ya no podía dormir y solo permanecí contemplando como el sol caía lentamente por sobre las casitas bajas del pueblo, hasta que el bocinazo del micro me anunció la partida. Me incorporé estirando mi cuerpo hasta sacarle los últimos restos de modorra, y antes de partir observé el bulto negro que ya dormía profundamente dejando caer uno de sus brazos. Ustedes mis amados sobrinos sabrán, porque compartimos la misma duda, que mi curiosidad pudo más que la decencia de no molestar a aquel hombre torturado por su pasado, que seguramente, o por lo menos yo lo creí hasta ese momento, había estado inventando en su cabeza toda esta historias, a causa de esa pena tan profunda, como fue perder a su amada. Como les decía, mi curiosidad pudo más, por lo que me acerqué a su brazo y sin que mis movimientos pudiesen interrumpirle el sueño corrí la manga de su camisa que por suerte no estaba abrochada muy lentamente, tan imperceptible fue mi movimiento que tranquilamente podría haber sido el ligero efecto de una brisa. Pero cuando hube corrido la camisa hasta traspasar el punto del codo el horror de ver una cicatriz de quemadura invadió mi mente, pero mi espanto fue aún mas, con la forma de esa cicatriz, era la forma de una mano inmensa, parecida a una garra de gato pero mucho, muchísimo mas grande. Y debe haber sido la impresión, lo que me provocó un movimiento muy torpe que despertó la viejo, que sin incorporarse, clavo esa mirada picara en mis ojos aterrados y comenzó a susurrar, expeliendo un halito funesto, ¡Ameliaaa!, ¡Ameliaaaaaa!.


fin

jueves, 29 de abril de 2010

hermano....




El monje intena hacer un descubrimiento,quitar el velo, de-velar el misterio que lo devora, que lo invoca.
El monje, que ayuna y lava sus pies con el agua helada del deshielo se pregunta... ¿puedo?.
El monje, solitario, reza sus primeros servicios de la mañana, se inclina, ante el relicario de cuero negro que cuelga de la pared de adobe...y se tuerce, se retuerce una y otra vez hundiendo sus costillas, arrojando el cuerpo sobre sus rodillas desnudas. El monje que se despoja de sus ropas y balbuceando entre dientes sus últimos sacramentos que arroja sobre su lomo, con la fuerza de un toro, los doce abalorios de acero que desgarran su piel a veces, solo a veces pregunta...¿puedo?

martes, 13 de abril de 2010

Mas Vale paloma con mano que cien...



-Que sencillo hubiese sido para las palomas, en el tiempo de su reproducción, contar con unas buenas manos-.
Pienso...mientras sentado en una banca de plaza Almagro mato los minutos con un sandwich de milanesa que se me atora con cada engullida.
-Ahí va otra más-, son varias decenas de grises plumíferos que se agolpan a mis pies, a la espera de una miguita que por casualidad se desprenda del pan. Luego la cantidad se duplica con los machos que urgidos por la presión reproductiva se suman a celebrar el ocasional banquete gastronómico-azoroso, inflando sus buches coloridos en procura de una palomita para la instantánea cópula.

Ellos giran sobre si mismos en una danza que roza lo ridículo, siguiendo a las hembras que picotean, impasibles al bailoteo de los machos, las migas y las semillas que un jubilado les arroja desde una banca a mi lado y que como una garúa amarilla se dispersan sobre los zocalos de la plaza.

-si estos bichos tuviesen manos-, continúo en mi soliloquio, -¡que deleite!, que delicia sería para un aburrido transeúnte que asesina sus minutos en una banca de plaza o para un jubilado que mata sus últimos minutos en la vida, contemplarlas sumidas en unas copulas dignas de las bacanales Griegas, Romanas o Etruscas.

miércoles, 10 de marzo de 2010

"Un Hombre Serio"



Preludio a un estudio de “Un hombre serio” de los Hermanos Coen

En el prólogo de “Conceptos de Filosofía de la historia” de Walter Benjamin reeditado recientemente por la editorial Caronte, la filósofa Hanna Arendt describe el fatídico vínculo entre el filósofo Berlinés, que se suicidara en 1940 en la frontera entre Francia y España en plena huída del ejército franquista, con un ser llamado “Pequeño jorobado”. Este personaje pertenece a ciertos cuentos alemanes de hadas al que Benjamin citaba frecuentemente en sus escritos y en muchas de sus conversaciones. En ellos el autor del “libro de los pasajes” recordaba como su madre se refería al jorobado en una frase que bien podría ser producto de las pequeñas y primigenias calamidades en la niñez del filósofo: “Mr Bungle le envía sus saludos”. Y así, al recorrer la vida de Benjamin, Arendt advierte la patita misteriosa del Sr Bungle oculta tras una pared o bajo alguna mesa, lista a provocarle un nuevo acontecimiento catastrófico, haciéndolo tropezar en una serie de trágicos eventos, “de amontonamientos de escombros” escribe Arendt, que concluyen con su suicidio en Portbou el 27 de septiembre de 1940.

Referirme a Walter Benjamin, y en particular a este pasaje del prólogo de Hanna Arendt en el que menciona al Sr. Bungle es un poco obra de la casualidad y en todo caso un capricho aventurero en mi pretensión de tratar de interpretar la película de los hermanos Coen “Un hombre serio” a la luz del concepto de catástrofe de Benjamin. Ponerme bajo la escabrosa piel de este film que narra la historia trágica del profesor de física del medio oeste norteamericano Larry Gopnick, (Michael Stuhlbarg) quien vive en un suburbio judío norteamericano de clase media de los años 60, y que lentamente avanza sobre un campo regado de tropiezos catastróficos, a saber: su mujer, una devota madre de familia judía que le anuncia con toda la parsimonia de una señora avezada en la filosofía new age, que lo engaña con un poco respetable gigantón de la villa, también conocedor de esa relajante filosofía de buenas intenciones y consejos del tipo “contar hasta diez”. Luego su hijo, acosado por un compañero de su colegio hebreo, próximo a convertirse en un judío íntegro a raíz de su Bart Mitzvah, comienza a experimentar nuevas miradas sobre la tradición, a partir de las nebulosas volutas de la marihuana, llegando a verdaderos momentos enteógenos al son de las estrofas de Somebody to Love de Jefferson Airplane. Otra de las catástrofes acaece de la mano de sus compañeros de trabajo de la universidad, quienes en tono amable le informan del peligro que corre su postulación al cargo de profesor titular en física, por unas cartas anónimas que circulan entre los despachos de las autoridades académicas. En las misivas se lo denuncia como autor de una supuesta coima cometida en perjuicio de un estudiante oriental de intercambio. Y por último Michael su hermano, obsesionado con la perfección de un sistema matemático e imposibilitado de armar una vida fuera de los límites de la casa de su hermano.

Un Hombre serio

La película comienza con una narración al estilo Midrashim o parábola Jasídica, ambientada en un poblado judío de Europa del este en el medioevo. El relato, casi un cortometraje previo a la historia del film, versa sobre el percance de un judío de esta aldea europea que siguiendo los preceptos de hospitalidad invita a cenar a su casa a un hombre justo, quien acepta respondiendo a la invocación de la Mitzvah (precepto). Cabe aclarar que los personajes de esta historia, que abundan en las lecturas jasídicas, son el arquetipo del judío piadoso temeroso de Dios y surcado de tradiciones, pero asimismo, como en el caso de esta historia, también de supersticiones sobre los espectros malignos (los Dybbuk). y precisamente, es la desconfianza de la mujer del hospedador hacia este visitante (que presumiblemente se halla muerto), la que desata lo que podría ser entendida como una victoria sobre el mal, o una verdadera tragedia.

Los Coen inscriben en esta suerte de primer acto, una de las claves esenciales del film, esto es, dejar libre a la interpretación de los espectadores ciertos pasajes vitales de la narración de la película, casi como las interpretaciones mismas de los pasajes de la Torah en el estudio de la Cábala. Pero también y en esto me voy a fundar en el relato de Arendt, por mucho de los escritos de Benjamin.

En esta primera historia, se perciben algunos elementos claves que como vasos conductores se irán colando hacia el relato de Larry. Uno de ellos es, lo que en palabras de Yosef Yerushalmi podría describirse como la refracción en la memoria arcaica del pueblo judío a partir de su ingreso en la modernidad y su consecuente historiografización. Pues los hermanos Coen proponen un contraste exquisito desde el fin de este pequeño y estético relato propio de la tradición oral del pueblo hebreo; tosco, frío, iluminado al calor de un brasero; con el otro relato situado en un escenario también habitado por judíos, pero, y aquí la magia del cine dispone el contraste: muy luminoso, coloreado hasta la estridencia, armónico, y sobre todo, moderno. En el pasaje del relato del Dybbuk con el de la villa en la que vive el desdichado Larry ubicada en algún suburbio del medio oeste norteamericano, puede advertirse una primera mirada crítica sobre el lugar de la tradición judía en la era moderna.

El otro elemento pero en este caso que no se funda en el contraste de ambas historias sino que las unifica, es el humor, y sobre este condimento quisiera señalar que no es casual ni meramente estético su uso, ya que desde el humor como limite representacional los Coen desmarcan los límites de lo que se “puede contar” y lo que “no se puede”, en torno a la tragedia, o sea el signo de la catástrofe en la historia del pueblo hebreo. Los Coen utilizan en este sentido en la mayoría de los casos un humor negro, que provoca esa risa que muy bien describe el director de la editorial “La Nariz”, quien en 1972 al prologar el libro “Mundo Inmundo” del dibujante Roland Topor decía: “Hay huesos en nuestro cuerpo -los codos, las rodillas-, que al recibir un golpe nos produce una desconcertante sensación: sentimos deseos de llorar y reír al mismo tiempo, ambas reacciones brotan juntas, entremezcladas, en dosis idénticas. La misma cantidad de risa y de llanto, como reacción ante el impacto que nos causa un dolor alegre o una alegría dolorosa".

Mr Bungle hace de las suyas con Larry del comienzo al fin de la película, pero la magia de los directores reconvierte y transfigura el sentido de lo trágico moviéndonos a una suerte de risa dolorosa una y otra vez, las catástrofes que asolan a Larry son el protagónico; a partir de ellas los Coen ubican en escena el trágico vínculo del judaísmo con la modernidad; pero en uno de los momentos históricos en que la modernidad resultara ser cuestionada mas candentemente es decir a finales de los años 60 y comienzo de los 70. Aunque siempre valiéndose del humor como corolario perpetuo ante el drama.






El hijo de Job.

El Libro bíblico de Job, uno de los textos sapienciales del antiguo testamento, narra las peripecias de Job, un judío habitante de la ciudad de Ur. Un hombre de fortuna y temeroso de Hashem (Dios) que resulta ser víctima de todo tipo de vicisitudes (llamémosles catástrofes) a las que lo somete el diablo por la decisión de Dios quien busca de esa forma conseguir poner a prueba su fe. Job, ante tales acontecimientos, pide la ayuda de tres amigos, que intentan consolarlo con vanas explicaciones sobre el origen de las desgracias como el resultado de sus propios pecados. Luego de la infructuosa ayuda de sus tres amigos, Job busca a un cuarto colaborador quien arguye el hecho de que si Dios está poniéndolo a prueba, esto se debe a que es posible que lo haga en función de templar su espíritu y su alma.

Los paralelismos con la historia de Larry pueden enumerarse sin problemas, su historia bien podría ser una libre adaptación de los Coen del mencionado relato bíblico. Pero por desgracia un elemento fundamental me remite, en este breve trabajo, más a Walter Benjamin que a Job, ya que al concluir la historia bíblica Job es increpado por Dios a raíz de sus numerosas quejas, quien en última instancia termina por restituirle toda su fortuna.
Al concluir la película de los Coen, encontramos a un protagonista que recupera la confianza académica, resuelve el conflicto con sus hijos y esposa, pero inmediatamente después recibe la llamada de su médico con los resultados de sus análisis, los que se anuncian como una de las últimas zancadillas del señor Bungle en su vida. Asimismo en la comunidad, un huracán amenaza desde el horizonte con arrasar todo a su paso, un viento trágico, un huracán que se encima en el horizonte de la pequeña villa y presagia una nueva calamidad y con ella la perpetuidad del avance catastrófico de la historia.

Los Coen proponen en este último gesto artístico la metáfora, o en todo caso la alegoría “Benjaminiana”, quien explicaba en su tesis IX en relación a un cuadro de Paul Klee adquirido en su juventud llamado “Ángelus Novus” la escena en que se encuentra dicho ángel, aquí resumida y comentada por Michael Lowy (2002) en el libro “Aviso de incendio”: "hay un cuadro de Klee que se llama “Ángelus Novus”. En él vemos a un ángel que parece estar alejándose de algo mientras lo mira con fijeza. Tiene los ojos desorbitados la boca abierta y las alas desplegadas. Ese es el aspecto que debe mostrar necesariamente el ángel de la historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde se nos presenta una cadena de acontecimientos, el no ve sino una y única catástrofe, que no deja de amontonar ruinas sobre ruinas y las arroja a sus pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y reparar lo destruido. Pero desde el paraíso sopla una tempestad que se ha aferrado sus alas, tan fuerte que ya no puede cerrarlas. La tempestad lo empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras frente a él las ruinas acumulan hasta el cielo. Esa tempestad es lo que llamamos progreso”. En esta escena del Ángelus Novus descripta por Benjamin podemos perfectamente imaginar una Correspondencia Baudeleriana con la escena final de la película de los Coen. En ella podemos ver entrecruzadas el momento en que Larry recibe la noticia de los resultados médicos, con la de su hijo en la escuela hebrea quien junto con sus compañeros de clase son trasladados al sótano por la proximidad del huracán, aunque la llave de la entrada a ese sótano resbale en los dedos del portero y la puerta no es abierta.

Nunca antes se había sentido el poder devastador del progreso, ese sueño de la razón moderna que terminó dando vida a la maquinaria monstruosa de Auschwitz e Hiroshima, como en los años de la posguerra. Y fue la intensidad de las revueltas de los 60 y 70 el momento en que ese sueño de la razón fue mas duramente cuestionado. Había un espíritu revolucionario que se respiraba en las reivindicaciones tanto del Mayo francés como en la revolución de la Cuba socialista, y es ese el momento histórico crucial en que los Coen ubican la historia de Larry y transponen el relato de sus propias vidas. En definitiva, allí estuvieron ellos, obedeciendo el mandato bíblico de zachor (Recuerda)

En la escena final vemos a Danny Gopnick, (el hijo de Larry) junto a quien lo ha acosado durante todo el film con el fin de que le sea devuelta una radio a transistores, esperando ingresar al sótano que los guarecerá de la tormenta. La radio, verdadero objeto moderno, fue en el transcurso del relato de Danny la portadora de la llama que ha revolucionado su mirada del mundo y de las tradiciones judías, es decir el Rock de los 60 y en particular la música de Jefferson Airplane. El acosador, de cara al huracán, brevemente voltea su rostro hacia su adversario, que lo mira desde atrás, desde las ruinas de la historia, donde “se amontonan los escombros”. Y es ese el preciso instante en que ambos intuyen un enemigo mayor la mirada que se prodigan los hermana, los une ante un Dios que no devuelve como a Job la tranquilidad a sus vidas, sino que amenaza con destruir una vez mas todo lo que conocen.
Para concluir quisiera volver a referirme a Michael Lowy (2003) y en particular a una observación que hace de la tesis IX de Benjamin en relación al “Ángel Novus”, dice Lowy: "¿cómo detener la tempestad?, ¿como interrumpir el fatal avance del progreso?. Como siempre la respuesta en Benjamín es doble: religiosa y profana. En la esfera teológica se trata de la misión del Mesías; su equivalente o correspondiente profano no es otro que la revolución. La interrupción mesiánica revolucionaria del progreso es, por lo tanto, la respuesta de Benjamín a las amenazas planteadas a la especie humana por la continuación de la tempestad maléfica y la inminencia de nuevas catástrofes.

martes, 5 de mayo de 2009

Retiro






montón de cuerpos


y estaciones.



capítulos...



capitulo uno: el encierro

capitulo dos: las miradas

capitulo tres: la busqueda

capitulo cuatro: el sueño

capitulo cinco: el encuentro

capitulo seis: la perdida

capitulo siete: el recuerdo

epilogo:


el olvido.

domingo, 3 de mayo de 2009

poesia

Rojo

Sacar a gritos
los gritos,
golpear el cuerpo
contra el reflejo
de otro cuerpo

nacer identidades
al fuego intenso
del rojo carne.




Dormida


Contra el muro del mundo.

Dormida.
Tu sombra
de súcubo nocturno
da dentelladas
a mis ojos...

es caricia y penumbra,

es distancia.

Dormida.

Es pureza que desgarra,
es el llanto de un lecho
en el que se ha tendido tu cuerpo,
y en el que solo queda
la hojarasca de tus sueños.





Artaud y el cine


La imagen

la luz

24 mundos por segundo

la esencia... un flujo inacabado

de estertores y llantos,

de amores amplificados,

de sonido

y muerte.


I


Me esperan las tardes del mundo
Me esperan las voces de tus manos,

Me espera esa agonía solar
Cuando brazos y besos
Fabrican vientos de colores.
Me esperan las tormentas de tus vocablos
Sembrando en mi vientre
El tibio reflujo
De tu cuerpo de amante.







Papillón

Escuchemos los sonidos
de esta lágrima,
hasta sacarla de nuestras manos ateridas
por tanto viaje infinito.

que suene como el cristal,
como suenan los encuentros
y las despedidas.

esa es la música de nuestras vidas,
no son los dioses con sus estériles designios.
sino nosotros,
quienes manamos entre flujos y reflujos
como borbotones de pasos
y
maremotos de sueños.


Descanso


Si se recuestan tus parpados
si la manos se te expanden
y los pies abrazan la hierba

si el viento te hincha el vientre
y se aplacan las palabras

si el silencio
(cuna de todo beso)
te hamaca sueños en las manos.

Entonces


solo entonces

has realmente descansado.




Soliloquio

Ego y deseo

El que escribe y el que busca son imagen y reflejo:
uno se gesta en el otro.

el "espejo-deseo".

Yo y mi imagen se unen en el deseo,


el deseo...ese destructor!

-da miedo no?-

-si asusta-.

-lo se-

Tal vez exponerse sea una batalla ganada,
porque ambas partes se aplacan,

un yo expuesto
y un yo poeta huérfano de su poesía.

Por eso el artista debe deshacerse de su obra,
de esa forma aplaca esta lucha infernal en la que se ha convertido

se convierte en cuarto creciente
a veces,
otras en cuarto menguante.

mientras...cada una:
el yo expuesto
y el yo poeta huérfano
retornan a sus rincones

a sus moradas naturales.





Biblios

Encontré la biblioteca.
Allí, volúmenes
y mas volúmenes
forraban las paredes negras de polvo.

Abajo,

entre los escombros de miradas irredentas
y de babas desaforadas,

muy abajo,

sobre el frío mármol regado
de quejumbrosas voces,

se encuentra mi sombra
atrapada entre los pliegues
de la misera costumbre
que tienen las formas humanas.


Necropsia

Tengo mucho sueño
las ojeras pesan como escombros
como cadáveres de sueños
colgando de los ojos.


Otoño

Otoño,
en cuyo vientre
la búsqueda de tibieza
conlleva el regreso,
a la patria de los ocres,
a las imágenes desarmadas tras los vidrios acuosos
a las noches prematuras.

otoño

postergado viaje
al centro de la caracola,
al origen que nos nombra.


Postal


Recónditas figuras
habitadas de palabra.


Nacen del silencio


de ningún otro sitio,

abrevan en la fuente
de los recuerdos.

En las mazmorras
abismales del tiempo.

Postales,

sueños rotos,

arrugadas,
discontinuas,
de colores descompuestos

y ceremonias olvidadas.


Isla

La voz de mi padre me llega
como perdida en un mar tormentoso,
como el lamento de un ahogado
que sucumbe envuelto por olas
de bostezos y sentencias.

En tanto,

mis manos,

arrojan puñados de arena sobre las aguas.
tal vez algún día
sobre esa arena pueda descansar de tanto ahogo


y dejar de morir.


Utopía

Sos la materia de los sueños,
mis palabras te merodean
como lisonjas a destiempo,
como cadencias sonoras que embeben tus ojos
de invisibles besos.


Renuncia

Debería ser
un deber natural
que nos vuelva el cuerpo de simio,
las agallas de la mangosta,
el sonido de una ballena
la robustez de una hormiga
los sentidos perdidos.
y así abandonar
la cultura,
las palabras,
y los trajes oscuros
que dormitan en el subte.


volver a los sonidos
que titilan en la noche,

o a la certera renuncia
que nos inspira la mañana.


Don Sixto Palavecino (1915-2009)

Tejedor de coplas
con tu violín
de nota emplumada.

juglar de profunda música.
del canto de la tierra,
de las semillas cuando rompen,
del viento y la sangre,
o del niño cuando duerme
al arrullo de una nana.

Tus canciones campesinas,
me dejaste en la infancia
sonidos de esta tierra
que me corren por las venas
y se me alojan en el alma.




Barroco


Trazas con oleos
caminos de mapa desconocido,
tierras en las que se suicidan mis miradas.

esta búsqueda,
de expedicionario
sigue tus rastros conjurados
de canciones,
o besos.
y en procura tu cuerpo,
(tesoro ausente)
cavilo palabras
que jamás he dicho.

al fin
recostado en tus sueños,
esa ocre hojarasca de otoño
en la que yace mi sombra
me anuncio exiguo,
perdido entre tus dedos,
como el murmullo amarillo
de sol,

o la tierna sentencia del tiempo.


Torre de Babel


Torres de marfil, de jabón, de incienso, de corcho, de látex, de cemento o de hormigón, de madera balsa, de madera dura, de tela, de alas de mariposa, de arrullos maternos o paternos, torres de colores, torres de papel, de celofán verde, rojo o amarillo, torres de neon con ascensores supersónicos, torres de hielo, de nieve, de fuego, de aire. torres tan altas como la mirada...y aun así... dios sigue allí, sentado en su trono, sin sentir la cosquilla de nuestros dedos bajo la planta de sus pies.



Conjuntivitis divina I

Tomó dios una navaja,
y abriendo grande su único
y celeste ojo fisgón.
lo abrió, de un tajo;
como una tibia vagina,
como una granada madura.


Conjuntivitis Divina II

Y dios brincó de terror
No quiso ver más,
Se negó a la sombra
y los colores,
Se negó a fisgonear.


Noche


Noche.

Una noche mas, densa, exánime…
noche, inmóvil noche.

En la noche todo se encuentra consigo mismo, en la noche suceden cosas, mínimas, silenciosas, suceden historias baratas, filmadas por ojos noctámbulos. Suceden miles de pequeñas escenas de soledad sin las condiciones naturales de socialización, sin las estériles intervenciones fluctuantes de los buenos consejos. Es la hora de la verdadera muerte, esa que existe en su posibilidad. porque es la noche, la que me hace escupir mis recuerdos como un purgante tomado en exceso, cada una de las horas de la noche, es un poco mas de noche-purgadora tragada, es un recuerdo nuevo que vomito, y salpica las sábanas y su cuerpo dormido a mi lado fatigado de tanta soledad. De tanta soledad.



Gala & Dalí S.A

Me abrí la camisa y te mostré el pecho, como un ojo emblemático.
Sentiste las nauseas del sexo apretándote el cuello y cuando te diste cuenta del poder de mi cuerpo, cuando te cansaste de tu pasión masturbatoria, me pintaste. Tomaste tu falo-pincel y le diste color y luz a este seno marchito, pudiste escenificar, el poco mundo que aún nos sobrevive en los labios.


Frontera

Amanecí en un nuevo lugar, exactamente en el límite con la muerte.

Donde me encontraba parado, hasta el otro lado, había solo unos pocos pasos de distancia. Tras la línea de la muerte no había más que la continuación del desierto que mis pies pisaban. Me pregunte entonces ¿cual era el misterio?, ¿que nueva situación sería esa?, ¿por que ocupar los minutos y las horas de mi tierra en prepararme para vivir del otro lado, ¿para que transcurrir con la intensidad de una tormenta, con la sal y las lagrimas macerando durante años en mi boca?.
Decidido a resolver este misterio y verificar que el fin de mis miles pasos no son mas que el paso numero uno, que el espejo que refleja es espejo y es imagen a la vez, tomé una piedra entre mis dedos y la arrojé con todas mis fuerzas hacia el otro lado de la frontera. Pero el guijarro, luego de varios tropezones quedó ahí mismo, mudo, y estático. Entonces al ver que nada comprobaba, tome un pájaro que se había posado en mi pecho y lo arrojé también al otro lado de la frontera. El ave, luego de unos pocos revoloteos fue a posarse justo al lado de la piedra que antes había arrojado. Como nada de esto me consolaba, tomé un impulso de mil infiernos, retrocedí mil pasos y luego tomando carrera volví sobre estos hasta que justo en el borde, exactamente en la línea fronteriza pegue un salto enorme y caí junto a la piedra y el pájaro, levantando una gran polvareda.
pasaron unos instantes o una eternidad, y cuando el polvo hubo descendido, cuando la excitación por el salto se hubo aplacado, comprendí que nada sucedía. Y allí quedé, estático, esperando junto al pájaro y a la piedra, volver a la vida.



Verano

Esa tarde,
El siseo pedante del calor
Sudaba el jugo de mis sueños,
Aprisionados en mis labios
Como gajos de palabras.

Rebotaban en un lugar abandonado,
En “Una sombra de libros”…

Tanto sueños como miradas.

Y en la penumbra
De aquel lugar,
Tu cuerpo agazapado,
En cuclillas,
Parecía un cántaro con agua fresca
y livianas melodías,
Una fuente de sabios manantiales
A la espera de saciar
La sed de mis silencios.


Enojo

Olvídense
de tomar un sueño entre los dedos
de que la materia
que empuja la carne
desde adentro
hinchando los pies
y los brazos
encuentre un cauce,
una grieta amigable
y salir borbotones
como el agua de un grifo
como
la risa de un niño


Yo


Llorando un dolor ajeno
aprendió a caminar
esta sombra nacida
en el mundo

luego nacieron las palabras
los rincones
los talismanes
los puentes habitables
y las tibias lagrimas.



MARIPOSAS

Un haz
de pensamientos plegados
temblor larvario
que danza
frotando sus patas
en las paredes del capullo.

Calcinando un invierno
al que le sobran
primaveras.


Nacimiento
A Isabela Durand

Desde una secreta frontera
vedada a la razón,
desde un lugar
que te guardaba
desde el comienzo de los tiempos
llegaste,

para nacernos.



Viaje

se atasca
la luz
en las rugosidades
que nacen
del suelo.

Su densa y plástica
estela cromática
arrulla al mundo
en un etéreo
murmullo de movimiento.



Deseo

Devorar es volver al principio, es decir a la soledad del deseo



en el deseo hay uno que devora,
y hay un otro que dándose cuenta del juego
también desea, y devora (o no)
es un juego de dos carnívoros que explotan
con deseos abrasadores, el cuerpo del otro
dos almas que, como dos espejos de imágenes torcidas
buscan (llevados por el deseo… en un acto narcisista) devorarse.
y este juego comienza incluso antes del primer beso
antes de la primera cópula.

Porque cuando esas cosas comienzan
también comienza una inercia,

y en la inercia, el deseo retorna
a su pozo solitario.


Hastío

La eterna promesa
La víspera.

Correr tras quimeras
Con la esperanza cansina.
Agobiada de trasuntar
metáforas
en papeles ajados,

fermentando lagrimas.


Marejada

Ad-hiero a solaces
tonos y palabras.
Me hacen llegar
casi a la metáfora
pulida
y perdida.
me hacen llegar
esta marejada indómita
de sal y espuma
que arrastra
sueños y piel
en cada lamida.



Beatrice

Con el cuerpo entre las manos, fui a casa de Beatrice.
caminé despacio, por la calle CM rumiando los mismos temas de conversación, y gestos ensayados. Al principio la sorpresa aniñada, luego las reflexiones y por último la confesión. !Ah!, me repetía en ese soliloquio callejero -caerá rendida, y yo, con el cuerpo entre las manos se lo brindaré en holocausto, ungido de dulces aromas para el sacrificio.
La calle repetía en un eco silencioso "tenés que cojerte a la vida" y todo se había convertido en un gran guiño de ojo, y un pulgar en alza. mi cabeza proyectada por las lámparas de sodio color naranja sobre la vereda, desplegaba los pelos al viento de junio como si fuese medusa convirtiendo en piedra todo lo que observa mientras repetía como en un siseo de serpiente "tenes que cojerte a la vida".
Caminaba a la casa de Beatrice listo a conquistarla y nada más, listo a bucear con la ayuda de todo mi sexo en el agitado mar de los "no se que me pasa" los "me siento extraña esto es muy pronto" de los "¿esto es solo sexo?" y los "no busco pareja pero si conocer a alguien".
Ante la puerta de hierro con un entretejido de alambres de su departamento se me terminó la calle, el número once indicaba un paso hacia su mesa, hacia sus labios y finalmente hacia su cuerpo al que entregaría mi cuerpo aún encerrado entre mis manos.
pero cuando las cortinas se hubieron cerrado, cuando la luz nos dejó en penumbras y las frazadas se fueron empapando con nuestro calor, cuando la canción de la danza fue abriendo brazos y cerrando ojos, mi cuerpo, que nunca fue muy obediente, que no le gusta las prisiones ni los cerrojos se me escurrió de las manos, como se escapa una mariposa, en un soleado día de primavera.

impalpable

Amerizan,
tambalean por ripios de piel
los dedos que pasan
del contorno
al retorno,
del inicio
a la caída
a la muerte
impalpable e
inapelable
de tu aliento.


Hoy: yo-yo-yo-yo (universoyoístico)

Escribir en mi
me hace uno
me des-acierta
des-enfoca
mi...
mi...
yo...
exiliado de esta fiesta
con las guirnaldas en el cuello
y el globo
que danza en la mano.
echado...
humillado.

Bailando el ritmo
de las sombras
o los pozos
atorado entre pisos
con las ruedas bajas
yo
afuera
inservible
envejeciendo
cansado.




Mil y una noches

El amor lo encerró
En una pequeña botella
que arrojó sin miramientos
a los profundos abismos del mar

Juró entonces, entregar su vida
Y todos los placeres de la tierra
A quien lo liberase del embrujo
Pero mil años pasaron
Y nadie lo liberó.

Juró entonces ser uno
Con quien lo libere del encierro
Y nada más
Pero otros mil años pasaron
Y nadie acudió.

Hasta que al fin,
Tras siglos y siglos,
Una joven hermosa
Arrojó sus redes
Y lo arrastró a sus orillas,
Pero al destapar la botella
Solo dio con un cuerpo
Ávido de destrucción,
Ensañado a muerte con quien tardó
Demasiados años,
Demasiados siglos
Para rescatarlo
De los abismos del mar.



Matar
A
dios

Si tan solo
tuviese la voluntad de Federico
y declarar la muerte
del por siempre muerto
como un aviso clasificado
en la sección funerarias.

si tan solo fuera capaz
de un exilio de vanidades
y matar al cuerpo
desnudar-desanudar
vencer la trampa
de sus dedos tiempo
sus sucios dedos
dedos muertos
ahogados en el
barro tibio de mi piel.

Talismán
A Eli

Recibo el talismán
el agujero
la lana y el color
la protección,
la cueva,
el mundo,
la fiebre.

Recibo de mano
de las manos
el abrigo,
la mansedumbre de
este espacio
del que sangran silencios,
y sombras,
y murmullos.


Ya ni se

Le dije:

tus suspiros de ansia cansada
tus lejanos taconeos
el esquema de la poesía
las palabras de tus manos
las formas de tus tormentas
tu vejez
la vejez.

ella...dijo

tus tormentas
tus palabras
la poesía

y siempre...
siempre la vejez.


Cuento instantáneo


De lo que se concluye, nada de irnos para atrás, no?

-no se de que estas hablando, primero decís que te jode verte al espejo o contra los muros de las personas, pero cuando tenes la oportunidad de mandar todo a la mierda preferís cantar un tango y llorar eso que nunca fuiste. no, la verdad no te entiendo.

(el humo comienza a inundar aquella escena)

-es decir, nada de irnos para atrás no?

-no te entiendo, o sea que si el hoy para vos es una profecía incumplida, si para vos, estas manos que somos y estos pies que nos andan las calles y los puentes, fueran de alguien que los extendía como un mendigo, hace muchos años atrás, ¿todavía te darías el lujo de seguir dudando?.

-es que quise decir, nada de irnos para atrás no?

-y por que dudas?, por que ese "¿no?" te sale a atiborrarnos de dudas?

-porque hacia atras, supongo que no iremos, no?

-pero podríamos ir hacia arriba o hacia abajo, podríamos torcernos hacia la izquierda

(si, eso a la izquierda, ¡¡cuantos sueños de juventud¡¡)

-está bien dame la mano y esa pierna que se te pudre. Metela en esa bolsita carrefour, y sigamos hacia adelante, siempre hacia adelante.

-como cuando éramos chicos, te acordas?

-si, como cuando éramos chicos.-


Nacimiento


Celebro el nacimiento de tus horas,

porque de ellas,

te nacieron

entre llantos,

y gritos.


Todas las palabras,

que echaron a andar.


Breve interpretación del insomnio

Las cargas que en la noche
suben al vagón,
justo cuando quiero dormir:
murmuran.
Sisean.
se apretujan,
no ceden los asientos
a las cargas embarazadas,
lanzan bocanadas de humo negro,
son cargas de oficina
que a cada rato ojean
en su muñeca

el tiempo que se les va.


II

Abismos y superficies,
aguas quemadas,
fronteras infinitas,
senos y mañanas…

nacemos vocablos
con el único fin...


de zurcir el mundo.


Agua Quemada

Otra Noche nace,
cuando los hilos
de los dioses
tejen sueños.

Otra noche nace,
lágrimas negras,
y horas descarnadas.

Nace otra noche.

Me nace la noche de tu pelo

lamiendo mis miradas.





Espalda

Esta espalda
me esquiva su frente.

Marcha con su caravana
se sueños y sepulcros,
como saliendo siempre

al encuentro
de una partida.


III

Se van abriendo estos cuerpos que soy.
Y el que persiste,
con paso quejumbroso
me muere
Entre remolinos
de piel
y hojarasca

Sierras

Con infinito grito de sierras
se enruida mi piel.
Abriéndose en
grietas insondables,
o arrugándose
como montañas
de papel corrugado,
o explotando,
como cada atardecer.


uno y medio

Esta semblanza de
Intrépidos deseos,
Sombras, luces.
Este algo que se esconde,
y resulta
Invisible,
este alguien que busca
Algo real:
Un frío en las manos,
Un amanecer en junio,
Esas grietas por donde ver
de que esta hecha la vida,
de que materia son los sueños
de que colores
son,


los cuadros que cuelgan de mi mente.

BS AS

Es claro,
la vida
en este sitio
no adormece,
no nace ni muere.
Perdura
y muta en monosílabos tangueros.

Gran manzana mordida
gran pastel de miasma
gran comida de órganos y sombras
gran capricho
robado al tiempo.


IV
no llamo a la partida,


y ésta

no es reclamada a ser.


No parto "hacia",
sino que soy parte

en cada llegada.



V

Lo que se antepone,
interpela

Asediado en los matices del tiempo
el umbral
grita rechinos melancólicos
y traga oscuros designios
de misterios.

la poesía

se ante-pone.

e

interpela.


VI

Aún los cantos
perviven en la piedra.

Voces
gritos
danzas.

Aún
esta memoria
nos pertenece.


ANTESALA DEL INFIERNO

Una cornisa
invita
aunque no todos lo sepan,
a saborear aromas
al viento,
a sentir
compases eléctricos,
a corromper
el estado natural de las cosas
a caer
solo por mostrar...

que aún

Existe la caída.


VII

EMPEZAREMOS A CONOCER:

MAGISTRALES ELOCUENCIAS,
INSTITNOS FEROCES,
RACIMOS DE MANOS,
EN LA BABA DE LA NOCHE.



EMPEZAREMOS POR SABER:

DE LATITUDES CONEXAS
DE PENSAMIENTOS Y FALANGES
MOVIENDOSE COMO SERPIENTES

DE ESTAS HORAS,
DE ESTOS RITMOS.

DE QUE LA MUERTE,
COMO DIJO EL POETA

ESTA ENAMORADA
DE LAS OBRAS DEL TIEMPO.

VIII


Del polvo,

de las manos,

se elevan ventanas,
se abren espejos,
se olvidan oraciones,
se en-tierran los vientos,
se empañan mis ojos.

De las manos,

del polvo,

se escapan
los cuerpos.

CONSTANZA


En este flujo
y reflujo
de partículas de tiempo
esta mirada nacarada
hace,
al nacer.

y en su recorrido circular
nacen mis espacios
nacen mis pies
mis manos
mis ojos
que contemplan
con dulces arrumacos
su nacimiento.

CONSTANZA II


Naciste,

y las manos de la tierra
te mecieron junto al sol,
y la luna te cantó bagualas

hoy naciste

y nació el mundo,

y nació todo lo que tu voz va a tocar

DISTANCIA


Hoy todo es distancia
distancia de tu cuerpo,
tus manos son distancia,
tus senos son distancias,
tus ojos son distancias,
tus caminos son distancias.


Hoy
mis distancias
son tu cuerpo
dibujado
en este húmedo
colchón vacío.

Ruido

semejante
a estas palabras,

Inconclusas oraciones
En hipérboles trasnochadas

Ruido

Como sardinas enlatadas
Raspando el metal de mi cabeza

Ruido

A sonajero
A baba desconsolada
A cicatriz abierta.