jueves, 28 de junio de 2012

 

Hechicera

Cuantas maneras existen
de ver y verte.

Porque en la imagen
te enseñas
como una hechicera nocturna.

Porque en el riesgoso sueño de las mareas
te mueves...
como el ritmo de un corazón ardiente
o la belleza atomizada de un colibrí.

De cuantas maneras,
de cuantas palabras que te nombran
puedo yo apropiarme,
para hacer de tu cuerpo mi memoria,


contra los relojes,

y las decencias.

martes, 22 de mayo de 2012

http://www.flickr.com/photos/eternauta32/7238816420/in/set-72157629824178140/



  

“…es ese azar que en ella me despunta”. “Surge de la escena como una flecha que viene a clavarse”. El punctum “puede llenar toda la foto” (....) aunque “muy a menudo sólo es una detalle” que deviene algo proustiano: es algo íntimo y a menudo innombrable”

Roland Barthes “La Cámara Lúcida”

Punctums

De los primeros años de la dictadura persisten imágenes en mi memoria. En ese tiempo mis padres, ávidos consumidores de publicaciones gráficas, conseguían amontonar en los armarios decenas de ejemplares de revistas de historieta como la Skorpio, Tit Bits, junto a semanarios de humor gráfico y políticos como Humor, Superhumor, Crisis; y claro, indudablemente con la curiosidad del niño que fisgonea las cosas de “los grandes”, accedí visualmente a esas publicaciones y con ellas fui forjando una amalgama de sentidos extraños, imprecisos, en los que se urdían la aventura gráfica, la violencia y el humor con una sensación densa, un tufillo represivo que alimentaba una  voz baja, como a un nivel inter-consciente que me narraba lo que estaba ocurriendo. A temprana edad supe que había en la calle ciertas cosas que debían mirarse como de reojo, como no queriendo mirar pero al mismo tiempo este “no ver” debía estar acompañado de una suerte de estado de alerta. Estos objetos de la vida real, de ese tiempo, fueron agolpándose en mi cabeza hasta formar una, seguramente eficaz, imagen de la dictadura de la que mis padres probablemente querían protegerme. Aún hoy, estas imágenes me persiguen y forman, cuando camino por las calles, unas descontextualizadas ideas-ideológicas en un presente que nada tiene -o tal vez si- que ver con el del niño que fui. Recuerdo que en esa época estaba obsesionado con, por ejemplo, saludar a los policías “para que no nos maten” como decía mi madre que yo argumentaba, o pensar en gente prisionera y fusilada al pasar por la puerta de la ESMA. Recuerdo dos punctums al que mi mirada se dirigía y aun hoy son donde mi mirada se detiene como poseída por una irrefrenable fuerza de atracción. Estos punctums que de alguna manera tienden un puente entre pasado y presente tiñen de recuerdos mi memoria como la magdalena de Proust. El primero, son las garitas de vigilancia de cualquier sitio militar o policial, y que me transportan a aquellas de la ESMA, similares a tanques de agua con unas pequeñas ranuras rectangulares en sus costado de las que siempre sobresalían los caños del fusil FAL. El otro, los temidos autos Falcons verdes.
Sabía, incluso siendo un niño, que en esos vehículos había gente peligrosa de oscuros lentes negros, como en la canción de Pipo Cippolati, que tenían la oprobiosa misión de llevarse gente por pensar distinto, por no pensar como ellos. Era suficiente con haber visto los dibujos de los chistes de la revista Humor para saberlo, era suficiente con ser un niño al que sus padres no le cierran los ojos o los oídos a ciertos  comentarios a cierta música para comprender quienes eran y que estaban haciendo. Eso era motivo suficiente para que el niño de entonces y el adulto de hoy no puedan evitar desviar una  magnetizada mirada a los Falcons verde, ayer briosos corceles de hierro en manos de los represores, hoy desvencijadas carrocerías llenas de óxido. Y da lo mismo si los ocupantes de esos coches, estaban vestidos de sport, o traje, o si eran mujeres o ancianos o parejas despreocupadas  o si eran como estoy seguro de haberlo visto una solo una vez en la curva de una colectora de acceso a la avenida General Paz, cuatro hombres que sacaban armas por las ventanillas, lo importante era que nunca supiesen que yo no pensaba como ellos y así mantenerlos alejados.

martes, 22 de noviembre de 2011

Camera Oscura





...Asi pues, deberé rendirme ante esta ley; no se puede profundizar, horadar la Fotografía. Solo puedo barrerla con la mirada, como una superficie quieta. la Fotografía es llana, en todos los sentidos del término, esto es lo que debo admitir. Es injusto que en razon de su origen técnico, se la asocie a la idea de un pasaje oscuro (Camera Oscura) . Debería llamarse Camera Lucida (tal el nombre de aquel aparato anterior a la fotografía que permitía dibujar un objeto a través de un prisma, teniendo un ojo sobre el modelo y el otro sobre el papel; pues, desde el punto de vista de la mirada "lo escencial de la imagenconsiste en enconrarse todo fuera, sin intimidad, y -no obstante- más inaccesible y misteriosa que el penamiento del fuero interno; sin significación, pero apelando a la profundidad de todo sentido posible; irrevelada y, no obstante, manifiesta, teniendo esa presencia-ausencia que constituye el atractivo y la fascinación de las Sirenas" (Blanchot) sacado de "La Camara Lúcida" de Roland Barthes

viernes, 28 de octubre de 2011

Ascenso y descenso


Si no me pregunto por el destino, por la increíble, infinita, e impensable misteriosa ecuación universal por la cual cada vez que subo a uno de estos ascensores no termino aplastado luego de una caída de seis pisos, no es solo por el simple hecho de que no me importa, sino que -y puede que suene lamentablemente autosuficiente- a veces me pregunto...otras cosas-

jueves, 13 de octubre de 2011

Terquedad




En la mañana, tras la ventana, mi gata bosteza, el sol bosteza, las plantas bostezan. El mundo se abre como el puño de un bebé.
Un pulso reiterado, una terquedad insólita nos empuja en la mañana a bostezar las ganas de seguir durmiendo.

jueves, 6 de octubre de 2011

New Age


El gran dragón pasea por los tejados de la ciudad. Ante tal acontecimiento se vierten ánforas de agua-ardiente en las alcantarillas, se sacrifican sombras vírgenes, y se declara la emergencia espiritual. En todos los rincones y apartamentos donde las señoras prenden velas y se rinde culto al uno mismo, en todos los livings rooms en los que fluye el chi, y la comida sabe a brotes de soja, la humanidad se incendia inspirada por el fulgor de su indolencia.

sábado, 17 de septiembre de 2011

El Quark, La puerto Rico y como entré al universo “Juan Sasturain”


El Quark, La puerto Rico
y como entré al universo “Juan Sasturain”


Al detenerme en la puerta del café, lo vi avanzar por la misma cuadra. Calzaba un sombrero tipo Cluseau y unos gruesos lentes negros que le cubrían el rostro. Pasó a mi lado y entre ademanes de saludos a los mozos, fue a sentarse en una mesa oculta por una de las gruesas columnas de mármol que adornan el interior de La Puerto Rico. Esa canosidad escapándosele por los aleros del sombrero y ese aire de misterioso agente secreto hicieron sobresaltarme el corazón, - ¿será Juan? ¿Será posible?

Haciendo un esfuerzo por recordar al personaje de televisión de calvicie rodeada por una corona blanca y semilarga, mirada escrutadora, pícara y profunda, sostenida desde unos pequeños lentes en perpetua posición de viejo librero, fui acercándome al punto de traspasar la columna que lo protegía. Comprobé entonces que aquel hombre, ya despojado del sombrero y de los gruesos anteojos oscuros, reunía todas esas características. Incluso, cuando sigilosamente me acerqué hasta toparme con el borde de su mesa, como el personaje del “corazón delator”, tan sigiloso que nadie habría notado siquiera el más leve de mis movimientos, pude contemplarlo en todo detalle. Usaba ahora unos pequeños lentes caídos sobre su nariz mientras ojeaba un magazine de turismo de caza, dándole pequeños sorbos a un café cortado. Sin esperar a ser descubierto, débilmente pero seguro le espeté: ¿Cómo le va Sasturain?.
Muy tarde me di cuenta del error. El sujeto levantó la cabeza y corrigió la posición de los lentes papanoelenos ubicándolos perfectamente sobre la nariz - algo que a Sasturain nunca le vi hacer en televisión ni en los reportajes- y entornando una sonrisa gardeliana de placer ante el equívoco me contestó- discúlpeme, me encantaría, pero no soy Juan Sasturain.
Mi perplejidad, luego trocada en un cierto encono, no pudo ser mayor. Ese tipo era una copia, una falsificación que con esa sola respuesta me revelaba el ridículo. Ahí parado, en el medio de La Puerto Rico, acorralado en ese inmenso salón, ante la mirada de los mozos y concurrentes, y de seguro la de algún que otro ilustre espectro que fertiliza el lugar, pude solo interpretar una patética coreografía de pantomimas de disculpas y risas exageradas, amén de la explicación de que efectivamente había llegado a aquel café para un encuentro con el señor Sasturain, pero que nunca nos habíamos visto personalmente. Nuevamente el hombre corrió sus pequeños lentes de lectura, aunque esta vez dejándolos en la posición Sasturain y agregó:
-Lo curioso es que usted me confunda con él, siendo usted mismo una copia exacta de su persona, de hecho cuando lo vi parado en la calle estuve muy tentado de preguntarle lo mismo. De agradecerle por su arte, de estrecharle la mano porque lo admiro desde hace muchísimo tiempo, y discúlpeme el atrevimiento, pero ahora que lo tengo enfrente puedo estar seguro de que usted es el Juan que, desde las barricadas y bordes de la cultura, ha desparramado los gestos y la memoria de mi generación, ha construido los pocos reductos mediante los cuales he sentido la libertad de reconocer a mis pares, por ejemplo en el amor por la literatura, en especial la policial, por la poesía por la discusión política, allí donde una mística se convierte en realidad palpable. Usted es quien lleva como muy pocos esa antorcha, le pese o no. Y yo quería solamente agradecerle por sus libros, por sus trabajos periodísticos, por las Fierros, por la historieta, por Perramus, por sus programas televisivos, por todas esas trincheras en que como le dije se construye una mística perdida, la de la aventura.
El hombre hablaba y yo no podía salir de mi asombro, hasta que irrumpiendo la avalancha de halagos inmerecidos lo corté queriendo corregir el tremendo error.
-Discúlpeme el señor…
-Fazio, Nicolás Fazio, un placer y créame que entiendo su fastidio, por eso no quiero importunarle más, usted discúlpeme la impertinencia.
Dicho esto, el hombre velozmente recogió su revista el sobretodo y, sin darme tiempo a reaccionar, ubicó en su respectiva anatomía los lentes negros y su sombrero a lo inspector Cluseau, aunque por el apuro al revés. Lo siguiente fueron los gestos de agradecimiento a los mozos y como en una historieta dividida en viñetas, al cuadro siguiente solo quedaba la puerta cerrándose con un seco ¡slam!. Ya en el siguiente cuadro un tipo idéntico al que huía traspasó el portal del café y como sabiendo exactamente dónde dirigir su mirada, me escudriñó en pocos segundos por sobre los pequeños lentes que le caían en la nariz. Al darme cuenta que volvía a recuperar mi realidad, pero aún con un gesto evidentemente nervioso lo saludé confirmándole mi identidad.
-¡Juan no sabes lo que me acaba de ocurrir!-
-si, que te encontraste un tipo igual a mi, no te preocupes, así nos vemos muchos de los de mi generación-
-claro- pensé –
Me encontraba ya dentro del universo Sasturain.