miércoles, 28 de octubre de 2015

Poesia tirada

domingo, 29 de marzo de 2015


El que corre no escapa,
a la inapelable manga del tiempo
que viste el pérfido
e insurgente,
ropaje 
del amor.


Tus licuadas esferas,
tus antiguos laberintos,
tus palabras,
tus papeles,
tus poemas,
son apenas viento
en el viento.

martes, 20 de enero de 2015









Jupiter

No vimos nada. La noche nos ocultó el bulto que cayó en un instante tras nuestra ventana, no vimos ninguna sombra, no escuchamos ningún grito.
Esa caída debe haber demorado un siglo pensé. Cientos de años para ser más exacto, un desplome infinitamente lento y con tiempo suficiente como para que las luces de la ciudad resulten extremadamente bellas. Lo que sucedió luego fue una explosión - el termino es correctísimo- y los treinta y un pisos del edificio vibraron como si un pequeño temblor, de esos que remecen a Santiago cada tanto hubiese sacudo la mole desde sus cimientos.
Detuve lo que veíamos en el computador y nos miramos, en la pantalla quedó congelada la imagen de la serie “House Of Cards” en el que la mujer de Underwood, Claire, pone en jaque a unos generales norteamericanos que recomendaban en un folleto informativo sobre casos de acosos sexual “entregarse antes que resistirse”.
Nos incorporamos consternados, de un salto y sin decirnos ni una palabra cada uno fue en busca de una ventana. Sandra optó por ver desde  el  living, pero allí hay que correr todas la plantas lo que me dio ventaja para ser el primero en mirar desde el dormitorio. Abajo, como un pequeño grupo de muñecos de trapo yacían desparramados  los cuerpos, en el medio del concreto gris manchado de aceite de la playa de estacionamiento.
-Sandra! grite -alguien se tiró, se mató, se mató-
Sandra se apartó de la ventana y me miró, su cara se descompuso en un rictus entre el espanto y la sorpresa. Enseguida nos movimos como dos gatos acorralados, supongo que buscábamos en la traslación casi involuntaria por los escasos metros cuadrados del departamento una fuga desesperada, algo que nos evitara entrar en contacto con esa experiencia del límite que supone la muerte ocurriendo frente a uno, una muerte que se nos había venido encima. Sandra gritó, -al citófono!, hay que alertar al conserje,  pero como era una costumbre, apenas levanté el auricular el aparato no funcionaba.
-Bajemos, esa gente puede estar necesitando ayuda- dijo mientras se ponía lo primero que encontraba en el ropero y tras unas contorsiones dignas de una gimnasta rusa logró colocarse sus sandalias de cuero.
-Bajar a donde?, ¿a ayudar?, Sandra, quien quiera que sea ya esta muerto, no hay nada que hacer y no voy a mirar un cadáver un sábado a la noche- pero mis palabras se perdieron tras el taconeo cada vez mas lejano en los peldaños de las escaleras de emergencia.
Al llegar a la planta baja la sala de ingreso parecía un hormiguero sacudido por la violencia del golpe, algunos corrían, otros, generalmente mujeres, gritaban y lloraban nerviosas o preguntaban y urdían conjeturas y aseveraciones de lo mas ridículas. El gran edificio Centro-sur-latinoaméricano hervía por la inescrupulosa irrupción de una muerte brutal. No había mejor metáfora que esa para entender este continente, o por lo menos una parte profunda y embarrada del mismo pensé mientras repasaba cada una de las micro escenas montadas en el hall de entrada. La mole, construida desde los designios de un mercado que busca por sobre todo la mayor rentabilidad, apiñando a cientos de personas en un espacio en altura de no mas de un cuarto de cuadra, ahora se estremecía de horror y perplejidad exhibiendo un escaparate variopinto de personajes que comentaban horrorizados que la suicida no solo había acabado con su vida sino que también arrastró en su corta demencia a sus dos hijas, una de dos años y la otra de tan solo algunos meses.
Las preguntas a esa altura eran demasiadas, pensé en lo curioso que resulta el hecho de que ante una muerte como esa, los que quedamos de este lado solo nos queda la interrogación, y desde ella intentar en vano llenar el vacío de su enorme sinsentido: ¿Por qué saltó?, ¿Por qué la locura?, y de allí, luego de la carencia absoluta de respuestas felices, pasar a las deducciones lógicas e ilógicas e incluso a las condenas. Fue entonces cuando la comunidad comenzó a funcionar como tal, nos veíamos las caras, allí, apretados, amontonados, transpirados, vestidos con lo primero que encontramos, en la planta baja, en el suelo de la tragedia, y fue que comprendí que el gran centro-sur-latinoamérica de hormigón descendía al mundo del reconocimiento mutuo, ahí, en ese barro, semi ahogados de preguntas y especulaciones, inundados de muerte y de sentencias y risitas nerviosas, de llantos y bocas clausuradas con una mano en signo de pavor.
Regresamos al departamento y nos colocamos cada uno en una posición, como arrinconados, la primera frase fue el eco de un silencio que se nos colgó en todas las ideas,  hasta que nuevamente me dirigí a la ventana, mire un rato los cuerpos ahora tapados con sendas mantas, una roja y otra verde, y extendí la mirada hacia toda la ciudad, pensé en Santiago como la enorme escena de un crimen, pensé en las luces que parpadeaban apretadas unas contra las otras e inmediatamente alcé la vista hacia el cielo, allí entre las pocas estrellas que sobrevivían a la contaminación lumínica, parpadeaba una casi pegada a la luna nueva, voltee la cabeza y le pregunte a Sandra si sabía que estrella era.
-hace más de una semana que lo sigo, respondió luego de liberar la cabeza de su jaula de brazos cruzados,- no es una estrella, es Júpiter.
Júpiter- me repetí, - el hijo salvado de la voracidad de su filicida padre Cronos-.
Miré los veintisiete pisos que me separaban de los bultos del estacionamiento y se me escapo un frase como el último resto de un huso de hebras de lana:
-Que suerte la de júpiter-








sábado, 2 de agosto de 2014










Hace un tiempo fuimos a comer a Guerrin, siempre de parados y con la mano, como deben comerse las pizzas del mundo. En medio de esa comilona etrusca acompañada de una buena cerveza y la infaltable conversación siento ganas de orinar. Por aquel entonces para llegar a los baños de Guerrin había que caminar por un largo pasillo, atravesar las capas internas de la pizzeria, un mostrador, el sector de lavado de copas, las zonas de amasado junto a los hornos y seguir, seguir por las regiones mas inhóspitas y lúgubres del local, descender como un Dante urbano hacia los baños retirados al centro, al final, en el mismísimo y medular infierno. El asunto es que al llegar, de un solo y pedante empujón la pequeña puerta de varillas de pino golpeó la espalda de quien estaba tranquilamente lavándose las manos. Pensé en lo mal distribuido de todo: la ubicación del baño, lo estrecho del pasillo por donde salían y entraban frenéticos mozos, y en que el lavabo y la puerta de entrada estaban absolutamente mal ubicados y por ello ese pobre personaje había sido víctima de toda esa irracionalidad arquitectónica. Pero algo sucedió  luego del accidente, un acto que duró apenas unos minutos y marcaría el resto de mi vida. Vi como su mirada se levantaba reflejada en el espejo manchado de salivaciones y gotas de jabón secas, -Es la mirada del diablo!!- pensé. y de inmediato, casi al instante, como suelen aparecer los recuerdos, la asocié a la diabólica mirada que me había aterrorizado de chico en una película llamada "Nazareno Cruz y el lobo". Sin decir nada caminé derecho hasta los mingitorios esbozando apenas una tímida disculpa que se me apagó en la boca como suspiro de moribundo. Me costó una eternidad mear, no sabía si quedarme quietecito hasta que el susto remanente de mi infancia cediera a la tremenda admiración por ese actor, por esa gran voz gutural o simplemente acercarme y declararle mi admiración mas llana y profunda. Al final de esa orinada fui al lavabo ensayando unas palabras temblorosas para decir, pero como suele suceder en estos encuentros, el diablo había desaparecido. Se había esfumado tal vez aburrido de esperarme, tal vez cansado de que no le ofreciera mi alma a cambio de todas las delicias del mundo. Quedé solo en el baño, ahí, en el centro del infierno habiendo desaprovechado la única oportunidad de sellar un pacto con el mismísimo ángel oscuro. Dudé demasiado y ahora solo me queda la anécdota como un aliciente que me entibia el alma, como una pequeña historia que cuento una y otra vez y que se perderá en ese inmenso universo del olvido llamado pizzería Guerrín


La entrevista era a las doce y media. Llegar a la estación Unión Latinoamericana fué sencillo, al poco tiempo de estar en Chile aprendí que la alameda se abre bien grande y que por ahí pasan los hombres libres sacudidos como un banderín dentro de una micro, gracias a la imperturbable demencia de sus conductores. En el instituto me recibió una señorita que me sacaba dos cabezas y unos quince años menos para contarme que la bacante era de un curso sobre Investigación de mercado y estrategias de marketing". Acepté, y mientras nos despedíamos, luego de que me pasara dos fornidos volúmenes relativos al tema, salí del instituto asombrado en todo caso de esta novísima capacidad mía de adaptación laboral. En el trayecto hacia la siguiente media hora de sacudidas, fui leyendo el texto introductorio del libro más grande, un vademécum de como seiscientas ochenta páginas en el que consignaba lo siguiente: "El mundo de la investigación de mercado es de ritmo rápido, la investigación de mercado requiere la perspectiva de una persona informada..." y luego de repetir cuatro veces en dos líneas la palabra "Mercado" unida a unos adjetivos de lo mas ridículos, concluía: "uno de los autores de este libro es un investigador de mercado (bueno eran cinco veces..) , es el único libro de investigación de mercado (seis) escrito por un Presidente y un CEO de una organización de investigación muy exitosa"... A este nivel mi mente comenzó a divagar, a creer que había cruzado definitivamente los lindes perversos de la realidad y había entrado en una dimensión completamente extraña para mi, me sentí un poco mareado, pero a pesar de ello proseguí mi camino. A las pocas cuadras comencé a rumiar un soliloquio demencial, mascullaba sobre el absurdo de convertirme en un educador presto a introducir a unos retoños con acné en el mundo de la mercadotecnia y de verdad que a cada paso todo me parecía mas y mas absurdo. Al doblar por Molina y Alameda un cartel me salvó la vida, "Libros a luca", lo curioso del tema es que la batea se encontraba frente a una perfumería enorme que exhibía en dos sendas vidrieras los mas variados productos para el cabello. Metido detrás de la mesa cargada de volúmenes un viejito de aspecto desgarbado, me pregunta -¿librito a luca joven? y saca del montón una biografía de los hermanos Marx. Con solo leer la contratapa sobre el humor absurdo y destructivo de Chico, Harpo y Groucho de repente lo entendí todo: la sacudida, la entrevista que casi deviene en una carcajada cuando la entrevistadora me cuenta que mi clase es parte de una carrera llamada "Ingeniería en gestión deportiva", el prólogo del CEO, el mercado y sus leyes, las técnicas de venta, la perfumería, los libros, los productos para la belleza capilar, compre el libro con una enorme sonrisa y luego un breve cruce de palabras con el viejo continúe con mi enumeración: la alameda, las micros violentas, el mercado, el mercado, los hermanos Marx, el humor, el absurdo, y siempre, siempre el humor.

jueves, 28 de marzo de 2013














FRÍO


Apenas han transcurrido unos pocos minutos que desperté con la angustia del llanto. Por eso no tengo otra alternativa que desfigurar, para en todo caso, figurar el sueño que tuve esta mañana.
En este mi sueño los viajes de ruta conducen más allá del espacio y el tiempo. Los micros, y esta advertencia la supe de parte de uno de sus choferes, cuando emprenden un viaje nunca se sabe dónde terminan. Los paisajes los reconozco, siempre son los mismos, después de todo en la provincia las extensas llanuras de campos avanzan parejas, a lo lejos muy lentamente y bajo la ventana a una velocidad que solo permite ver estelas multicolores. Pero todo eso cambia radicalmente cuando el vehículo se adentra en un poblado. Ahí la cosa es distinta, todo muta: el olor, los colores, las casas, las personas, su andar, sus vestimentas, los nudos de las corbatas en los hombres que corren a sus trabajos y los pañuelos de seda azul que cubren los ruleros en las cabezas de las mujeres que barren la vereda, incluso en una mañana fría como esa. Todo cambia y uno sabe que está en el mismo espacio que todo ese gentío pero, definitivamente, en otro tiempo.
Así sucedió. El paisaje había cambiado tras los ventanales, y cuando el micro finalizó sus agotadoras maniobras en la terminal y yo las mías frente a la compuerta de salida, ese mundo se desparramó ente mí en su total extrañez. Bajé e Intenté protegerme caminando indiferente a todo, procurando penetrar el esquema de normalidad del lugar, “como si no pasara nada”, como si fuese un buen ciudadano de buena familia que avanza por la calle hacia algún sitio.
-La gente que no es de un tiempo- pensé -es fácilmente reconocible-. así sucedió, al poco de andar escuché que desde un grupo de personas que tocaban la guitarra, tirados en un parque, me llamaban entonando un silbido sordo. Al acercarme, no sin un dejo de desconfianza, pude conocer al dueño del silbido, se trataba de un tipo flaco y largo, de piel blanca, cabello rojizo y pecas del mismo color por toda la cara que sin darme tiempo me espetó un –vos no sos de acá, ¿llegaste recién?, vení, quedáte un rato, ya está oscureciendo y en un momento vamos a lo de un amigo a buscar unas flores para fumar. Así de intensa la invitación, por supuesto accedí.
Los integrantes de ese concilio eran la caricatura exacta de un film tipo Woodstock o la película del festival BArock de los 70s. Además del colorado, el grupo lo integraba una adolescente de unos veinte años encargada de tocar la guitarra, me llamó la atención su rara belleza, similar a las madonas de Modigliani. A su lado, recostado con los brazos tras la nuca un joven gordo y petiso vestido con un jardinero y gorra gris de jubilado tarareaba sin saber las melodías que la chica interpretaba. Todos vestidos con ropas hippies masticaban casi sin mover los labios canciones que yo reconocí de inmediato pero que me negué a cantar. Tras observar mi mutismo, el colorado señaló en tono picaresco, -claaaro vos estas esperando sumo ¿no?-  el asombro luego tornado en una sonrisa baja precedió a la lógica auto-explicación de que él también viajaba en el tiempo. Habría llegado en otro micro, -últimamente los viajes se están poniendo de moda- musité en voz baja.
La chica Modigliani en un momento dejó de tañir la guitarra, se levantó de un salto alargando su largo cuello y acusó al resto –bueno loco, ya nadie canta, está oscureciendo y me cago de frío, vamos a buscar las flores?- al terminar la llamada imperativa todos se incorporaron y estiraron manos cuello y espaldas,-Dale colo-  dijo el gordo –me pidió que pase a las 8-.
En el camino sonaban los chistes y las risas tronaron por toda la cuadra, recuerdo que el principal motivo de risa era que en un momento comenté mi afición a escribir cuentos futurísticos y entonces eso me permitió hablar y hacer  bromas sobre mi tiempo. Sabía que ninguno, excepto el colorado, sabía de qué hablaba y por ello mencioné los celulares, internet, Facebook y efemérides de todo tipo y color y claro, todos pensaban que yo relataba los esquemas preliminares de cuentos o novelas de ciencia ficción y literalmente se morían de risa.
Al llegar a la casa del proveedor de las flores ya eran como las diez de una noche que realmente había comenzado a helar, inquirí al colorado en qué mes estábamos y tras dudar unos segundos respondió –marzo-. -un día tan frío en marzo-, pensé -indudablemente no solo los paisajes tecnológicos y las modas cambian con los años, tal vez sea cierto aquello del calentamiento global. Me preguntaba cómo uno puede tiritar tanto en un sueño, así que apenas entramos  me apoltroné en un sillón BKF de mullido corderito. La casa era amplia, reconocí al instante el estilo racionalista porque era el estilo que amaba mi madre y que abundaba en las revistas de diseño de los años setenta que aún juntan polvo en el estudio de casa. El dealer, un pibe de unos diecisiete años, hablaba sin parar de sus plantas, de los hermosas que estaban, de lo difícil que era para él haber conseguido el permiso de sus padres, ambos –lógicamente arquitectos- para tenerlas en el jardín y realmente por el tamaño de los cogollos que desparramó en la mesa ratona de vidrio que adornaba el centro de la sala, estábamos evidentemente ante un entusiasta cultivador que luego de muchos ensayos y errores había logrado pulir su técnica. La conversación sobre sustratos, tierras y mambos avanzaba mientras la chica Modigliani preparaba el cigarro acompañando su tarea con el tarareo de un tema de Manal. Así avanzaron las horas, la charla se enroscaba entre el humo de la marihuana y los debates sobre quién conocía las últimas novedades de la movida Beat y si volverían las glorias pasadas del peronismo.
-Yo no sé para qué carajo vino el viejo, armó flor de quilombo y se murió, para eso debería haberse quedado exili…- refunfuñaba el gordo recostado en la misma posición de la plaza pero esta vez bajó los pies de la chica Modigliani, que sin dejarlo terminar la frase le retrucó –cállate gordo si los troskos como vos jamás van a entender lo que significa el movimiento peronista - -si,- retrucó el gordo mientras entornaba su gorra gris sobre la cara- significó la apoteosis de las masas trabajadoras dirigidas por un brujo fascista y una magdalenita riojana que no entiende nada-. En eso el semblante blanco lleno de pecas del colorado, se tornó casi del mismo color que sus rulos,  se levantó de un salto y cortó en seco la “disputatio” política  –¡loco y la reputa madre!- y su rostro se descompuso en una mueca horrorosa mezcla de angustia y odio –¿no pueden dejar de joder?, che… ¡paz y amor!, ¿les suena eso?, no queda tanto tiempo, siéntense y disfruten- Y se quedó parado en el medio del living con los brazos agarrándose la cara, al final y casi como un sollozo volvió a decir, -disfrutemos, queda poco tiempo y cuando recuerde este momento, dentro de veinte segundos o veinte años voy a decir, aún entonces había algo de tiempo, yo sé porqué lo digo- y se dejó caer en el medio de la sala en cuclillas en una posición fetal vertical. El silencio fue brutal, solo cortado por la chica Modigliani que se le acercó para abrazarlo y besarle las manos que no se despegaban de la cabeza. –Bueno che, prometo no pelear más con este gordo boludo, además si seguimos así vamos a terminar casados- todos nos miramos conteniendo la risa por respeto a la escena dramática del colorado, pero no duró mucho, enseguida el propio colorado estalló en una carcajada y todos lo seguimos gustosos. Al poco tiempo se dejó ver nuevamente y se sentó bajo mis pies. La reunión había sido salvada por la risa –pensé- y esa sensación me alivió, realmente pude sentir algo increíble esa noche, lo sé, es raro. No recuerdo que algún sueño me haya impactado tanto, sentía una obstinada sincronía con lo que siempre había imaginado debía ser la libertad, algo que tal vez con los años había perdido de vista.
Los sonidos de la reunión nuevamente fluctuaban entre temas como la mejor banda argentina o si “Billy Bond y la pesada” eran una manga de retardados, cuando el colorado se dio vuelta y me pidió que saliéramos al patio. Se levantó de inmediato y ambos cruzamos la mesa ratona llena de cogollos y el resto del living hasta la puerta corrediza que daba al jardín de la alegría. Una vez fuera la helada nos quebró la risa, el colorado saco un paquete de cigarrillos y me ofreció, yo me negué cortés pero decidido, -¿no fumas?, dijo como para abrir el diálogo, -no colo, solo fumo marihuana- dije y observé como sacaba un Parliament y lo encendía provocando un efecto extraño en la mezcla de colores del fuego y su cabellera rojiza. Nos quedamos en silencio tiritando bajo la luna que lentamente desaparecía entre un montón de nubes, hasta que deseando regresar nuevamente a la casa apuré el motivo por el  que me había pedido salir, - ¿pasa algo che?, lo que dijiste recién ¿de dónde vino?-. El colorado dio una pitada larga, volcó la cabeza hacia atrás y largó el humo sin soplarlo, solo abrió la boca, y las volutas ascendieron haciendo cabriolas hasta ligarse con los últimos rayos de luna. Luego confesó -es un poema que escribió mi viejo- lo hizo antes de ser secuestrado y repitió las mimas palabras pero completando el poema: “el truco de revivir los pasos perdidos, es no dejarse engañar por el repiqueteo del taconear del tiempo, uno dice, ya no queda tiempo, pero cuando lea esto, en veinte segundos o veinte años diré, aún entonces, había tiempo”, por eso estamos acá, vos y yo, -¿acá dónde?- apuré -acá-, dijo señalando la casa y cuando dirigimos la mirada hacia el interior el resto del grupo se despanzurraban de risa del otro lado de la puerta corrediza, -este es un regalo, ¿no te das cuenta?, ¿no sabes que día es hoy?, en este momento se están juntando todas las jerarquías militares para el golpe que van a dar dentro de tres días, hoy es 21 de marzo de mil novecientos setenta y seis, y ese gordito y la chica son mis viejos, dentro de quince días los van a chupar los servicios, ninguno de ellos va a sobrevivir.
Ambos quedamos en silencio, el colorado dio otra pitada al parliament y en el movimiento pude ver como su mano temblaba al llegar a la boca. Pensé en el frío que nos envolvía el cuerpo, el frío de la noche, el frío de la muerte, de aquella revelación y en todos los fríos. Pensé que hay muchos fríos y en lo equivocado de la frase “tengo un frío que…”. El colorado no dijo nada más, luego de hablar dio media vuelta y rumbeó hasta el fondo del jardín hasta las plantas que sabiamente el  dealer había colocado tras el muro más alto, fuera de la vista de vecinos chusmas, luego torció una de sus ramas florecidas y la llevó a su nariz. A mí se me atoraron las palabras, me tiritaba la mandíbula y solo pude musitar –pero ¿de qué carajo estás hablando? El colorado dejó la rama y regresó hasta mí, pero su cara presentaba un rictus deformado. –¡si decís algo, la cagas boludo!. Mirá flaco nosotros no podemos intervenir, estamos acá porque los sueños se comportan así, porque “nuestros” sueños se comportan así y me sorprende que no te sepas las reglas, pero ¡es así!, si les decís algo, si les advertís del peligro que corren todo se rompe, todo se desvanece y desaparece como el humo de este cigarrillo, como en matrix, ¿entendés?, nada de esto es real, no existe esta casa ni… ni esas plantas, ni siquiera el mambo que tengo ahora ni nada, esto es solo una película que estás creando en tu mente pero esta película me permite conocer a mis viejos, y compartir un momento con ellos. Tuve que traerte con nosotros porque, y no me preguntes cómo, alguien o algo me explicó las reglas. Si vos no venias con nosotros nada hubiese pasado, estas acá, como…, como un proyector de cine, estás proyectando todo esto, así que te prevengo que no abras la boca y te quedes hasta el final- y tras arrojar el cigarrillo contra uno de los muros provocando un estallido de fosforescencia roja agregó –por favor, no digas nada- y marchó a hasta la puerta corrediza para meterse en la casa.
Me quedé un rato más, observe el festejo de todos cuando el colorado entró. Era como si hubiera cruzado un portal hacia otra dimensión, a otra de mis creaciones. Su semblante blanco y pecoso volvía a sonreír a carcajadas, seguramente con las ocurrencias del gordo, su padre y sin siquiera dirigirme una mirada se despanzurró en el piso con un porro en la boca.
– ¡Que frío!- pensé, -¡cuántos fríos la reputa madre me estoy helando!-. Miré al cielo que ya estaba completamente encapotado y empezaba a amanecer. Las nubes prometían un chaparrón, así que no dudé en seguir los pasos del colorado y volver al calor de la casa –aunque no sea real- me dije -era mejor que estar ahí afuera-. Abrí la puerta y las risas habían devenido en un canto colectivo, “me gusta ese tajo” del flaco Spinetta retumbaba por todo el living y el gordito al verme entrar me aclaró –no te ofendas loco, pero empezamos a hablar de las tetas de la Sarli y terminamos en esto- reí a carcajadas mientras ellos entonaban: “me gusta ese tajoooo que ayeeeer conoci” y yo reía y acompañaba con las palmas, pero algo estaba mal, -después de todo- pensaba -es mi film, es mi decisión y yo sabía lo que les esperaba, -¿por qué no?, ¿por qué no torcer el guión de un simple sueño de mierda?, ¿no es demasiado con lo que sucedió en realidad?, ¿por qué no modificar el final de un sueño, aunque sea un puto y extraño sueño como este?. No tiene porqué terminar como dice el colorado y ya que lo pienso:  ¿quién dice que él mismo no sea una fantasía mía, un fantasma más?, “me gusta ese tajo, que ayeeeeer conociii”  -no me puedo ir de aca así- “Ella me calienta la quiero invitar a dormir”, -que frío, puta madre que frío- “Con sus lindas piernas ella me hace pensar debo destruir la mierda de esta ciudad”. No pude más, una sensación extraña comenzaba a envolverme y sin poder aguantar de un salto me incorporé mientras murmuraba –-el frío de mierda, el frío de mierda- di vueltas por el living y todos hicieron silencio, sentí sus miradas clavadas en la nuca, -¡el frío de mierda, los fríos!- nadie hablaba, estaban ahí parados como petrificados y yo corría de un lado a otro, ¡no es así!, ¡por favor se tienen que salvar! En el patio comenzaban a filtrarse los primeros rayos de un sol otoñal y mis gritos espantaron a los pájaros mañaneros que se acercaban al pasto húmedo a comer lombrices, ¡se tienen que salvar, este mi sueño, si los agarran así, cantando fumando, si los agarran!, y se me quebraba la voz, sentía que no podía dar el mensaje vital ¡se viene un golpe, es ese Videla y ese Massera y ese otro que nunca me acuerdo, los van a matar a todos!, ¡corten las plantas!, ¡váyanse, sálvense! Y mi voz fue apagándose hasta ser solo un pequeño hilo, un hilo frágil y sordo perdido en las mañanas del tiempo.